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Opinión

Una centésima de mi vida en retrospectiva

En el confinamiento de nuestro propio domicilio, evitando un entorno convertido en amenaza, puede ser prudente desempolvar los pensamientos que llegan del pasado, asomándose por la ventana retrospectiva que meses antes no fue posible abrir por ser un escenario cuyo espectáculo pasaba a una velocidad vertiginosa cada vez de mayor ocurrencia.

Algunos recuerdos se atropellan en la cronología de la vida, se agolpan en primera fila para hacerse visibles, escapando momentáneamente de la neblina espesa del pasado.

Recuerdo las primeras letras aprendidas en cartillas, libros y cuadernos de valor incalculable, de nombres y autores extranjeros como Charry, Coquito, Alegría de Leer y cuadernos como Cardenal con una inmensa letra gótica C que cubría la portada mientras en el respaldo aparecían las tablas del uno al doce donde aprendí a multiplicar de memoria, después de varios golpes propinados por los profesores en primaria.

Integrar las vocales con dibujos como ala, enano, iglesia, ola, y uva, dejaron huella en mi mente que fundamentaron la expresión adolescente de sentimientos con sensibilidad y poesía, plasmados en papel que soportaban la acuarela y que sirvieron de vehículos para ser transportados por las oficinas de correos en el Murillo Toro de Bogotá.

Aprender a leer debería ser una fecha especial de celebración, por el significado que tiene para el ser humano, pero es triste vivir en un país con niveles altos de analfabetismo porque la educación no es negocio y no conviene a los gobernantes.

El grado de dificultad aumentó con un libro que mostraba en su carátula un personaje de Bagdad con barba y turbante, era el Álgebra de Baldor de autor cubano con más de cinco mil ejercicios como plataforma en el aprendizaje y medición de triángulos y funciones trigonométricas en los teoremas de Astolfi.

Usaba tablas repletas de números con soluciones a problemas, y manejaba con destreza la regla de cálculo que rápidamente la remplazo calculadoras grandes y pesadas como panelas, pero que solo tenían acceso los hijos de familias que podían importarlas.

Con el tiempo un compañero de universidad me dejó hacer operaciones sencillas, con teclas que reproducían números pequeños de color verde brillante en un espacio llamado en inglés- display.

Todo era parte de una formación aparentemente integral con componentes de religión, reglas de urbanidad de autor venezolano y clases de francés e inglés en libros clásicos densos complicados de entender, en blanco y negro, con descripciones de culturas foráneas que podrían ser hoy de colección, pero que en su momento fueron precursores del miedo, como obstáculos para llegar a cursos superiores en el bachillerato.

La televisión en blanco y negro no era parte de los electrodomésticos de la casa, pero la programación era un premio que debía ganar los fines de semana en algún vecindario:  Un paso al más allá, o el Señor Spock en Viaje a las Estrellas, o la Isla de Gilligan en blanco y negro.

Pasó mucho tiempo para tener un televisor en casa, con imagen lluviosa generada por una antena amarrada a un tubo vertical, que provocó goteras en el techo y nunca se ubicó bien porque el viento no fue su aliado, pero que me mostraron programas como el Show de Lucy, Bonanza, y los Ingalls, y los Beverly ricos en su versión en español.

Fue inolvidable la letra de una canción después de las noticias que   invitaba a los niños a dormir en punto de las 8:00 p. m., explicando la importancia del descanso, el deber, y la disciplina en los horarios. Fue una píldora educativa que enseñaba a las nuevas generaciones una fracción de responsabilidad con una cobertura inmensa, pero desapareció como todos los mensajes educativos.

Eran los retos difíciles de la época como aprender a escribir con lápiz Mirado n.° 2 en cuadernos doble línea, para luego alcanzar el máximo título, con la letra cursiva, plumas recortadas y tinta china que enseñaba el método Palmer, dominante en la escritura de diplomas, tarjetas y títulos.

Pero la velocidad del desarrollo tecnológico fue agobiante, sin dejar espacio para entender cada invento que volvía obsoleto el anterior y la magia jugaba con mi mente al tratar de entender sin éxito como funcionaba la calculadora, el computador, el casete,  la grabadora, la videocasetera, las cámaras fotográficas, el sistema binario y más recientemente el resumen de todo esto y mucho más sintetizado en un solo dispositivo llamado celular.

Llegar a la universidad fue un acontecimiento porque ese día compraron el periódico en la casa y en una lista de números en serie, encontré mi código como el pasaporte para entrar a otra etapa de mi vida.

Semestres difíciles con contenidos vistos en facultades diferentes a mi carrera, hacían la competencia desigual por el enfoque e intensidad del departamento donde era asignado. Pero la tecnología avanzaba y pasaron por mis manos cientos de copias en papel oficio-esténcil como parte de mi formación universitaria, representadas en conferencias, exámenes e instrucciones de laboratorio.

Libros tan difíciles como el cálculo de Yu Takeuchi por fortuna quedaron atrás porque inventaron los ‘solucionarios’ de problemas prototipo en química, y matemáticas.  Todo pasó tan rápido hasta que me dieron el diploma profesional acompañado de la preocupación de discernir en un mundo de probabilidades y temas, pero solo un camino estaba predeterminado en mi experiencia laboral.

Esto es  una centésima de mi vida en retrospectiva que podría ocupar muchas páginas, pero este corto viaje al pasado no debe generar el aburrimiento en generaciones que no jugaron con bolas de cristal, o con latas de cerveza la ‘vuelta a Colombia’, o con trompos de madera, o con pelotas de letras o con monedas el ‘cuadro colombiano’, y que  escaparon a trabajos en máquinas Remington, o procesamiento de datos basados en caracteres Fortran, y que no lidiaron con sábanas de papel con análisis estadístico con pruebas que solo hablaban de tendencias en hipótesis planteadas.

Podemos sonreír con esta historia del pasado y ser calificado como el dinosaurio del presente, pero la historia no la podemos olvidar porque corremos el riesgo de repetirla y quizás en el “rebrujo de lucho” podamos encontrar algo útil.

No existe una época mejor que otra, simplemente existe un momento en la vida de cada ser humano, fueron grandes inventos que permitieron los avances significativos en tecnología puesto al servicio de todos los campos del conocimiento. Fue extraordinaria la revolución de la informática moderna por genios como Jobs y Gates que marcaron el antes y el después de una época.

Posiblemente la vida nos dio un montón de tiempo para inventar y quedarnos en el presente del aquí y el ahora, la velocidad de la ocurrencia de estas creaciones motivó el desbalance entre lo material e inmaterial -el cuerpo y la mente-, cuando ganamos también perdemos algo, y creo que en el camino fuimos dejando cargas que consideramos pesadas.

 Le cerramos la puerta al asombro y la abrimos peligrosamente a todos los sentidos y nada dejamos para la imaginación y creación. Hoy no podemos programar a largo plazo, pero podemos reinventar cada momento siendo innovadores, clave en contra de la rutina. Dejamos la carga de la responsabilidad y/o la llevamos a medias o la reflejamos en los demás juzgando permanentemente, al no poder admitir nuestros errores.

Ser responsables con los demás y con nosotros mismos es el punto de partida para generar un cambio y aquí podemos hacer el ejercicio de la retrospectiva porque somos auténticos, individuales, ricos en experiencias y únicos como una huella dactilar. Juzgar etiqueta a hechos y personas que simplemente son, y no da espacio para amarnos a nosotros mismos y menos a los demás.

Podemos comenzar con aeróbicos diarios para el alma, contabilizando el tiempo que permanecemos sin juzgar y les prometo que duramos más tiempo conteniendo la respiración, porque somos expertos en este juicio de opinión.  Cuando erradiquemos del pensamiento este juicio, estaremos a otro nivel y tal vez nosotros mismos podamos erizarnos.

El pensamiento es la actividad y creación de la mente que permanece ágil y no le da artritis ni artrosis luego no duele con el paso de los años, por eso debemos volverlo un aliado hoy que tenemos el dedo en la tecla denominada pausa.

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