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Perfiles

“Un puente para la paz”, la mayor obra de monseñor Duarte

Foto cortesía RNC RADIO

Monseñor Isaías Duarte  Cancino era un  hombre de contextura  fuerte, con sus  1,70 m de  estatura y su mirada profunda de ojos negros y  espesas  cejas que contrastaban  con la  expresión severa de su rostro, con su piel blanca mestiza,  su  cabello lacio, su amplia  frente, sus  grandes orejas y  dos  surcos que partían de la base de su nariz hasta  bordear su labios firmes y prestos  a la  palabra.

Era un  hombre que  a primera vista infundía respeto por su compostura firme e inalterable, por  su  voz clara y precisa que expresaba sin rodeos, sus  ideas e impresiones hasta el  punto  de decir sin ambages lo que pensaba sobre las  personas  o sobre la  realidad  del país y sobre su concepción del mundo.

Como bien lo  expresa  el padre Efraín Montoya, uno de sus biógrafos.

“Era como una piña, por fuera rugoso, pero por dentro con un corazón bondadoso, lleno de amor, de deseos de hacer el bien y luchar por cosas que valieran la pena en este país; así era monseñor, aparentemente se engañaba uno con él, pensando que era un tipo difícil, complicado, pero cuando ya se entraba en diálogo con él, en comunión con él, en comunicación con él, descubría un hombre querido, cercano, agradable, que amaba la vida y ante todo al ser humano”.

Profundamente convencido del evangelio de Cristo, llevaba su  mensaje a  todos lados, haciendo énfasis  en el Jesús  humilde y comprometido con lo social, pero también en el Jesús exigente con la justicia, el orden y con el  respeto a  la  dignidad humana.

Su principal  referente religioso era  San Irineo y  fiel a su legado  se preocupaba más  por convertir que por confundir, considerando que la  verdad estaba en la  iglesia de Jesús y que la  gloria  de Dios  era el hombre vivo, un hombre, un ser humano, que por lo tanto debería vivir dignamente como quiera que era la imagen y semejanza  de  Dios.

Su profunda  identidad  con Irineo lo llevó  también a  ser  fiel  a  otro de sus  postulados: “La obligación del cristiano no es más que la de estar en constante preparación para la muerte”, convicción que le  quitó el miedo a  enfrentarse a los poderosos  y a los violentos  y que a la  postre lo llevaría  hasta el martirio.

Isaías Duarte había nacido en San Gil, una pequeña  población  ubicada en el corazón mismo del departamento de Santander, en Colombia, bordeada  de montañas  y  bañada por las aguas claras y frondosas del río Fonce, hasta  donde  llegaron  colonos  del norte  de España, con profundas  ideas conservadoras  que  a la postre dieron paso a  una generación de  convicción católica, de carácter fuerte e indómito y hablar  recio y firme como sus  campos  y  caminos.

Las dificultades geográficas de estas  latitudes  forjaron hombres y mujeres  de duro carácter,  de palabra imperativa y dominante que pareciera que a toda  hora  están disgustados, pero que  en el  fondo  son  seres nobles, querendones  de  su familia, sus allegados  y de su terruño.

Su nacimiento en 1939  se da  en una época de relativa calma en Colombia, marcada por el reordenamiento  territorial que permitió  la  definición de las fronteras internacionales y  de los  mismos  territorios internos, lo cual posibilitó la  división del país en departamentos, intendencias  y comisarías.

El sangileño  de la época era emprendedor, industrial, empresario, un sangileño de fuerte raigambre de costumbres,  estirpe y  de  nobleza españolas, situación que contribuyó  a  forjar el carácter   recio  de monseñor Isaías, su  forma directa  de  enfrentar la vida  y de  decir las  cosas,  resultado  de una sociedad, como  lo  asegura  el historiador  sangileño Wilson Cadenas: “De ideas conservadoras, de ideas burguesas, de ideas muy religiosas, de ese sentido de pertenencia, de ese elemento de respeto a la familia y a sus ancestros”.

Nació y  vivió sus primeros  años  en una  enorme  casa colonial  ubicada  en pleno marco  de la plaza principal de San Gil, lo que le permitió  ser testigo del  trasegar  de  esta población santandereana.

Desde muy pequeño se contagió  de la algarabía de la gente que llegaba  desde pueblos y veredas los fines  de  semana, y de la apacible quietud pueblerina  entre lunes y viernes.

Sus primeros años  los pasó arrullado por el sonido  de las campanas  de la catedral, correteando por el enorme zaguán  de la  casona, por  entre los prados, las  bancas y los árboles  del parque principal o por las calles  empedradas sangileñas que partían del Fonce, para confundirse en las  faldas  de la montaña con los  polvorientos  caminos que  conducían  a lasfértiles campos del municipio.

Su  formación de básica  primaria la cursó  en el colegio  San Luis  de su pueblo natal, el único privado de esa época regido por una recia maestra que todos  respetaban y temían.

Monseñor Isaías Duarte Cancino forjó  su vocación religiosa especialmente por la influencia  de su madre doña Elisa Cancino y su abuelo paterno Juan de La Cruz Duarte Otero, abogado, juez  de Caralá, gobernador de Santander y procurador General de la Nación, de  convicciones y militancia conservadora. Al contraste con ello la influencia  de su padre Crisanto Duarte, doctor en cirugía  dental de laUniversidad Nacional de Colombia y de ideas liberales  yprogresistas, le mostró la  faceta social que a la postre le marcaría parte de  su vida sacerdotal.

Sus  estudios  secundarios los cursó entre  1951 y 1956 en el colegio Santander  de la ciudad  de Bucaramanga, hasta donde  se trasladaron sus  padres buscando mejores  condiciones  para la educación de sus hijos y huyéndole a la violencia entre liberales  y conservadores, época aciaga en la historia  colombiana  de mitad de siglo XX.

Su paso por esta institución de  carácter  estatal, en una época convulsionada por la violencia partidista y en la que empezaban a aflorar las ideas revolucionarias  en América Latina, le permitió también asomarse a las contradicciones políticas que le  darían también la dimensión social  de su vida pastoral.

El joven Isaías se  nutrió en esos  años  de  su formación secundaria de las  ideas  conservadoras de su abuelo  y su madre, las  ideas liberales  de su padre  y  los ideales  revolucionarios socialistas que  se movían  en las  universidades  y que se extendían a los  colegios.

En la  ciudad  de Bucaramanga este debate ideológico se movía de manera  muy fuerte en el Colegio Santander, donde  estudió monseñor Isaías, y era avivado tanto por la presencia del padre Camilo Torres, quien realizó  pasantías en la ciudad, como por el surgimiento de varios de los  ideólogos e intelectuales de izquierda, quienes años  después propiciarían el nacimiento del Ejército de Liberación Nacional, ELN.

Su  decisión de ingresar a la carrera sacerdotal cuando su familia  esperaba que estudiara matemáticas  o una  ingeniería, sorprendió a  sus  más  allegados quienes,  sin embargo, apoyaron su iniciativa y contribuyeron para que cursara sus  estudios  en el Seminario Mayor  de Pamplona y posteriormente fuera el primer santandereano  en cursar la formación teológica  en la universidad Gregoriana  de la ciudad  de Roma, donde  finalmente  fue  consagrado como sacerdote  en 1963, en pleno Concilio Vaticano Segundo.

A finales  de  1964, el joven sacerdote  Isaías Duarte Cancino, que solo tenía 25 años, regresa a Bucaramanga en medio  de la expectativa de toda la  Arquidiócesis, pues  era el primer seminarista de su jurisdicción que había  terminado sus  estudios  en Roma.

Entre las actividades que  realizó durante  su  vida  sacerdotal en el departamento de Santander están: vicario parroquial en la Sagrada Familia; profesor en los seminarios arquidiocesanos de Pamplona y Floridablanca; director de la antigua juvenil de la Legión de María, y párroco en la parroquia del Espíritu Santo, de la catedral de la Sagrada Familia de Bucaramanga.

Asimismo, vicario sustituto en El Playón; párroco en los municipios santandereanos de Girón y Málaga (provincia de García Rovira); profesor  y delegado para las causas matrimoniales de separación matrimonial; párroco de la Catedral de la Sagrada Familia; párroco de San Juan Bautista, consultor diocesano y tesorero de la Unión Caritativa del Clero.

También fue director  de Pastoral Social; vicario distrital de García Rovira; director  espiritual  de los  seminarios mayores (Pamplona y Floridablanca); vicario de la Pastoral Arquidiocesana; vicario general  de la Arquidiócesis  de Bucaramanga  y, finalmente, obispo titular de Germania de Numidia y Auxiliar de Bucaramanga, cargo que  desempeño entre  1985 y 1988.

“Como sacerdote era una persona muy entregada al servicio, abierta a la comunidad, muy sincero, muy auténtico, una persona de unas grandes capacidades de trabajo y de una visión de realizar proyectos en beneficio de toda la comunidad. Sobre todo le interesaban mucho los jóvenes, se preocupaba, que hubiesen programas para ellos”, asegura  el padre Álvaro Rueda (comunicación personal, 2016), quien  lo conoció en 1975 cuando monseñor  Isaías  se  desempeñaba como párroco en Girón.

Rueda dice que por su forma de ser y  por su compromiso, el entonces sacerdote  Duarte Cancino tenía mucha influencia en la  diócesis  y el obispo  siempre lo tenía  en cuenta para asignarles algunas responsabilidades que a  él  le correspondían. Con sus compañeros sacerdotes  tenía  un trato amable, “aunque era un hombre de temperamento fuerte, pero con un corazón bondadoso, sencillo, fácilmente él, cuando veía que se equivocaba, pedía perdón y mantenía siempre unas relaciones muy fraternas con las comunidades, con los sacerdotes”.

Cuando todos en Santander esperaban que monseñor Isaías fuera asignado como obispo titular de la Diócesis  de Málaga-Soatá, provincia  de García Rovira, erigida como tal en 1986 (Arquidiócesis de Bucaramanga, s.f.), diócesis  de la cual él había sido uno de los principales promotores durante su  estadía  como sacerdote en Málaga, fue  nombrado como el primer obispo de la Diócesis  de  Apartadó, ubicada en la conflictiva  región de Urabá, que  abarca territorios  de los  departamentos de Antioquia y Chocó.

Su  nombramiento se produjo  el 18  de  junio  de  1988, como parte  de la Bula ‘Quo Aptius’,  de  esa misma fecha, que creó la Diócesis  de Apartadó y su posesión se produjo  el 15 de  agosto  de este mismo año.

En Urabá monseñor  Isaías Duarte Cancino desarrolló  una  titánica  labor, pues  debió  construir las  bases de la naciente diócesis, tanto en el campo  religioso como en la infraestructura física como su  propia  sede episcopal, templos, conventos, seminarios, escuelas, colegios y fundaciones.

También allí  desempeñó  un rol fundamental  en procura de la pacificación de la región, profundamente afectada por asesinatos  y masacres, productos  de los  enfrentamientos entre las facciones  armadas  de las  guerrillas  del EPL, las FARC, el ELN  y  los comandos paramilitares  y de las Autodefensas Unidas  de Colombia, AUC, encabezadas por los hermanos  Castaño.

Sus siete años al frente de la diócesis de Apartadóconstituyen el  surgir  de la  región de la barbarie  a  la civilización, hasta el punto de que para los habitantes  de  la zona, monseñor  es una especie de  mesías que  marcó el camino  para que Urabá  superara los problemas  de violencia  y se mostrara a los  ojos  de Colombia  y el mundo  con su potencial productivo  y turística que posee.

Monseñor es recordado, entre muchas cosas, por devolverle la esperanza al Urabá antioqueño, región a la que llegó a callar la voz de la violencia y a hacer que la palabra del evangelio se hiciera realidad.

Quienes conocieron a monseñor  Isaías Duarte Cancino,antes  y  después  de  su paso por la  región de Urabá,  coinciden en afirmar que su  gestión al frente  de la  Diócesis  de Apartadó lo  transformó  totalmente.

El padre Gersaín Paz, quien lo  conoció  en Roma y luego  se  reencontró con él  en la  Arquidiócesis  de  Cali, asegura que  de  ser un obispo  de  corte  conservador pasó a  ser un obispo con una  mirada  social del evangelio y comprometido  con los más  necesitados, luego  de encontrarse con la cruda realidad  de la violencia, la pobreza y el abandono  estatal (comunicación personal, 2016).

Pero la  descripción más cruda  de la  transformación de monseñor Isaías  la  hace el padre Javier Giraldo (2012): “Llegado a ese mar de violencia que ha sido Urabá, monseñor Duarte sufrió una verdadera conmoción interior. Todos sus esquemas ideológicos y pastorales se le derrumbaron. Un día en Cali le confesó al suscrito que él ‘se había convertido en Urabá’. Lo primero que se propuso fue hacer de su Iglesia diocesana un ‘puente para la paz’”.

Y  fue allí  en Urabá, en medio de la más  cruda  violencia, donde  tocado por  esa  realidad se confrontó consigo mismo y su visión pastoral y se propuso  una  estrategia  para apaciguar esa terrible  situación, pues quería parar ese baño de sangre de tan descomunales proporciones y comprendió que había que acercarse a todos los actores armados y promover un diálogo de fondo.

La memoria  de  monseñor  Isaías  Duarte Cancino, de su paso por  Urabá  a pesar  del transcurrir  de los años,  sigue viva. Como  dice el padre Manuel Gregorio Paternina, es “como  un torbellino de fuego”, que nunca  se apaga, que por  el contrario se hace más vigente con los vientos  de paz que se impulsan en  Colombia, pero también con la guerra de nunca acabar que otros  se  empeñan en propiciar.

Según  la bula  de la Santa Sede, regida  por  el papa Juan Pablo II,  monseñor  Isaías Duarte Cancino  fue  nombrado  como  arzobispo de la  Arquidiócesis  de  Cali el 29  de  agosto de 1995 y  se  posesionó el  23 de  septiembre  de  ese mismo  año (Revista Vitral, 2002). Esta arquidiócesis tiene su radio  de acción  en el área metropolitana  de la  capital del  departamento  del Valle  del Cauca, que  en la estructura  de la Iglesia  católica corresponde  a la provincia  eclesiástica de  Cali, la cual tiene  cuatro diócesis sufragantes:  Buenaventura, Buga, Cartago y Palmira.

En Cali, monseñor  Isaías debió enfrentar, además  de la violencia  de los  grupos armados como la guerrilla  y los paramilitares, la violencia  social generada por la pobreza y el desplazamiento   alentada por la influencia  de los carteles  de narcotráfico que encontraban allí el caldo de cultivo para  sus oficinas  de cobro y sus  escuelas de sicarios; todo esto en medio de la corrupción provocada por los  raudales  de dinero del narcotráfico que se había incrustado en  casi todos los  estamentos  sociales, gubernamentales, armados  estatales y hasta religiosos.

Este difícil  panorama lo enfrentó con misión pastoral  que  le permitió crear  más  de una treintena de parroquias, grupos  de oración, fortalecimiento de los  centros de formación vocacional, creación de  colegios  y de una  universidad, apoyo  a centros  de investigación social y en Derechos Humanos, implementación de  fundaciones  y todo  tipo de organizaciones para apaciguar el hambre y la miseria  de  centenares  de seres humanos  atrapados  entre el vicio  y la pobreza.

Su profunda  vocación mediadora de conflictos  le  permitió intervenir  en hechos  como  los secuestros  de la iglesia La María   y del kilómetro 18 y  a buscar puentes  de entendimiento  y diálogo entre los  grupos  armados  y el gobierno, pero  también a oponerse  a los  diálogos  de paz  entre el gobierno de Pastrana  y las FARC por considerar que no  se habían establecido las  bases suficientes  y sinceras para que estos prosperaban.

Su profunda convicción y su talante incorruptible  lo condujeron también  al enfrentar la corrupción rampante que pululaba en los sectores políticos  administrativos  de la época y que había  echado raíces incluso en algunos  sectores  de la misma Iglesia, situación que lo llevó  a tomar  drásticas  determinaciones  en su entorno pastoral y  a  enfrentar y denunciar hechos  como  la presencia  de  dineros  del narcotráfico en las campañas  políticas.

Todo este enrarecido panorama en el que le tocó  vivir  a monseñor Isaías Duarte Cancino, durante  su acción como arzobispo de Cali  entre 1995 y 2002, contribuyó a que seconvirtiera  en un personaje incómodo  para algunos  grupos  de poder, situación que  desencadenó  a la postre el desenlace  fatal de su asesinato la  noche  del sábado 16 de marzo  de  2002, en la iglesia  el  Buen Pastor, luego de oficiar  una ceremonia  religiosa en la que celebró un matrimonio masivo.

Su vida, su muerte y su legado son un testimonio vivo de fe y una muestra fehaciente del sombrío panorama de una Colombia que no ha podido superar aún el fantasma  de la violencia.

Por Wilson Martínez Guaca, PhD en Comunicación, docente investigador de Unicatólica

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