ESPACIO PARA PUBLICIDAD 360
Reportaje

Sigue la zozobra en estrato 6, por riesgo de avalancha en Chipichape

Ni siquiera porque viven en un sector exclusivo del norte de Cali les garantiza a los 450 residentes del conjunto Reserva de Chipichape que un alud pase de largo sin que les afecten sus vidas ni sus apartamentos. Lo que es peor, cada día desde que fue construido hace 4 años, una colina amenaza sus humanidades, cual espada de Damocles.

Se trata de una zona de rápida valorización y estatus económico, en la que se levanta una edificación de estrato 6 y arquitectura moderna, con un diseño exclusivo desarrollado con alta tecnología, pero ninguna de estas características ha evitado las embestidas de la colina que les canaliza la brisa caleña, pero también toneladas de tierra que la naturaleza desprende en forma violenta.

Este conjunto inició como un proyecto de la Constructora Solanillas S.A. en el año 2014. Cuando fueron entregados los 112 apartamentos de las 2 torres de 14 pisos que lo conforman, 97 de ellos ya estaban habitados, pero ningún propietario sabía que una crisis se mantenía oculta, amenazando el bienestar de los residentes.

Finalizó la construcción del edificio en 2016 sobre una superficie de 2000 metros cuadrados, pero al cabo de un par de años surgió el problema. La parte trasera del conjunto está rodeada por una colina que presenta un grave riesgo de derrumbe. Debido a esto, fueron dos las ocasiones cuando las rocas mezcladas con tierra se deslizaron sobre la pendiente y aterrizaron en el interior del conjunto.

Detalles del primer desprendimiento

Finalizaba 2018 cuando ocurrió el primer deslizamiento. Una mujer paseaba por la zona de recreación bajo el calor del mediodía, cuando sus oídos captaron un trepidar proveniente de la colina. Su mirada se posó sobre las rocas y tierra que cabalgaban cuesta abajo, pero que por fortuna se detuvieron a pocos metros de donde ella corría.

María Paula Ordóñez vive en el piso 13 de la torre A y como principal testigo del derrumbe relató: “Estaba en la cancha, no sabía qué hacer y lo primero que se me vino a la mente fue correr hacia la administración”.

Ese día, la policía y la administración analizaron la escena. Bloques de tierra, rocas de casi un metro de altura mezcladas con arenisca estaban esparcidos por todo el sector de la piscina. La única respuesta oficial se le escuchó al patrullero Carlos Ramírez: “Aquí no podemos hacer nada, deben ir a la Alcaldía y hablar allá”.

Fue entonces por lo que la administración del edificio tuvo que acometer por sus propios esfuerzos y pecunio el retiro de los escombros y el aseo del lugar, faena que requirió día y medio.

Indignación y plan de acción

Una semana después de lo ocurrido, por iniciativa de María Paula Ordóñez, los vecinos crearon el ‘Consejo de convivencia y prevención de peligros’, para intentar dar una solución, por lo que el 19 de noviembre de 2018 se dio la primera asamblea, de la que surgió una primera propuesta.

Luis Alfonso Rodríguez, residente del conjunto e ingeniero geotécnico de la empresa Concalidad Ingenieros S.A.S, recuerda ahora: “Ese día ofrecimos un plan de contingencia, debíamos instalar alrededor de doce sensores en la colina, realizar una medición de las vibraciones del suelo y hacer unos hoyos de medio metro de diámetro. Así podríamos saber cuándo sucedería un próximo derrumbe y construir alguna barrera a lo largo de la colina”.

Sin embargo, el costo de instalación de estos sensores más el muro de contención era de $87 millones, por lo que esta iniciativa fue retirada y se propuso acudir a la instancia gubernamental.

Voces como la de Oliva Fernández se escucharon: “¿Cómo es posible que después de algo así, la administración no haya hecho nada? Hay que ir a la Alcaldía y hablar de lo que está pasando porque esto no se trata solo de una persona sino de un conjunto entero”, posición que fue apoyada por la mayoría.

Entonces se escuchó la réplica: “Me encargué de ir a la Alcaldía, pero me dijeron que había que presentar una solicitud, lo que hice, pero el proceso puede tardar mucho tiempo. Hay demasiadas solicitudes y las atienden, depende del puesto en que vayan llegando, y nosotros estamos entre los últimos”, aclaró la señora María Estela Zapata, administradora del Conjunto Reserva de Chipichape.

En apoyo, Alberto Márquez, residente e ingeniero civil de más de 20 años de experiencia, dijo: “Estela está en lo cierto. Personalmente digo que si nos quedamos esperando a que la Alcaldía haga algo entonces moriremos. Esto es una situación de la que debemos encargarnos nosotros mismos”.

El ingeniero agregó: “Puedo realizar una cotización del muro por otro lado, aunque soy sincero, esto no es una solución definitiva, pero creo que es lo mejor que tenemos. No podemos quitar la montaña entera y este muro es la única alternativa”.

Sin definición alguna, la reunión finalizó. Los meses volaron y el tema quedó en el olvido.

Segundo deslizamiento

Había transcurrido casi un año, a mediados de 2019, cuando una tarde cerca del ocaso otro estruendo pulverizó la tranquilidad del lugar. Un hombre de la torre A observó a través de su balcón cómo una oleada de tierra y piedras se precipitaba con ímpetu desde la colina, destruyendo parte de la protección que cubre al conjunto.

Volvió a repetírsela escena anterior: una aglomeración rodeaba la destrucción que había causado el desprendimiento de tierra. De inmediato, parte de los reunidos tomó la decisión de ayudar a recoger los restos que había dejado el deslizamiento. Uno de los residentes, el abogado Mauricio Vargas, dijo: “Todos ayudamos, donamos lo que cada uno pudo para la reconstrucción. Por fortuna, no ha habido una avalancha fuerte y no ha resultado ningún herido”.

Con las donaciones de los mismos propietarios se recolectaron trece millones y medio de pesos, que quedaron bajo el manejo de la administración del conjunto, para la fabricación del muro.

Al día siguiente, recuerda hoy John Escobar, historiador y residente del edificio, como tal miembro del Consejo de Convivencia y Prevención de Peligros, “casi estaba todo organizado y se hizo una reunión”, en la que el tema fue cómo reunir los recursos necesarios para comenzar la construcción. Pero los residentes increparon a la administradora María Estela Zapata sobre el por qué la Constructora Solanillas había edificado un conjunto cerca de una colina riesgosa.

“Lo que me comunicó la constructora fue que según los análisis que ellos habían realizado, no había ningún peligro”, respondió la señora Zapata. Acto seguido propuso un aumento de $100 000 a la mensualidad, por lo que esta quedó en $618 000, cuya adición iría destinada a la construcción del muro más la instalación de los sensores.

Leopoldo Vargas, uno de los dueños de apartamento y gerente de la empresa Metálicas L.V se ofreció a fabricar la baranda que había sido destruida en el desprendimiento de tierra. Una semana después estaba instalada, como si nada hubiese ocurrido, pero en el corazón de los habitantes la herida dejada por el terror continuaba sin cicatrizar.

Cálculos de posible afectación

Dado que la administración quería acelerar el proceso de la construcción del muro, se requería recaudar fondos lo más pronto posible, porque, de ocurrir otro deslizamiento más fuerte, la afectación sería incuantificable. En forma inminente, los de mayor riesgo, según los cálculos de la señora Zapata, serían las cuatro personas que viven en el apartamento contiguo a la piscina. Una estimación incierta, pues aún se desconoce cuál sería la masa por desprenderse contra las dos torres.

Javier Correa, vecino de la torre B del primer piso, ingeniero electrónico y como una de las posibles víctimas de un eventual derrumbamiento, exteriorizó su preocupación: “Esto me tiene intranquilo desde que sucedió la primera vez. Dios no quiera, pero si ocurre, lo más probable es que mi familia y yo nos quedemos bajo tierra”.

Su situación es de tal gravedad, que como esposo y padre de 2 niños tomó la determinación de mudarse de apartamento para escapar de una inminente calamidad. Hasta la fecha, ya son 6 apartamentos los que han quedado vacíos por el peligro que acontece, de paso le ha generado una pérdida al recaudo de la administración, de $3 708 000 mensuales.

2020: la pandemia atacó el muro

Pero cuando se empezaba a cristalizar el inicio de la construcción del muro llegó el virus asesino.

“La pandemia nos dejó sin muro por el resto del 2020 y quizás hasta el 2022”, afirmó la administradora Zapata. La recolección de fondos disminuyó considerablemente por causa de la caída de la economía, por lo que se aplazó su construcción.

Hasta lo que va de octubre, el conjunto Reserva de Chipichape no ha vuelto a sufrir más acontecimientos aciagos. Los derrumbes cesaron y los habitantes del conjunto esperan que jamás vuelva a ocurrir. Aun cuando el inicio del muro está parado, la meta de construirlo continúa vigente.

Según la administración, la recolección para el presupuesto está en menos de la mitad del estimado. Dicho esto, aún queda un largo, pero angosto camino por recorrer para los residentes del conjunto.

“Esperemos que esto se solucione lo más pronto”, sostiene esperanzada Miranda López, abogada y otra residente de Reserva de Chipichape, que al igual que sus vecinos y sin ayuda estatal, espera que la pandemia les deje terminar el muro que supuestamente los protegería de los embates de la naturaleza y que de paso subsane las imprevisiones humanas.

Dejar un Comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Click para comentar

Dejar un Comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Ir a Top