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Reportaje

Meléndez tiene rincón de vida salvaje y sin temor al coronavirus

Especies silvestres habitan en la sede que alberga a la Fundación Universitaria Católica Lumen Gentium y al colegio Luis Madina. Su comunidad, el río Meléndez y la vegetación propician la vida animal. Estudiantes se forman en la preservación del medioambiente.

Texto y fotos, por Ricardo Pérez Vargas

Editor de Realidad 360

“Solo cinco personas estuvieron ayer aquí, hoy, ninguna, está cerrado hasta nueva orden, solo estamos nosotros y los animales salvajes”.

Breve y tajante. Así describe el guarda Jhon Jairo Sánchez la situación que se presenta este martes 25 de marzo, el segundo día de la cuarentena nacional contra el coronavirus, en la sede de la Fundación Universitaria Católica Lumen Gentium, Unicatólica, y el colegio Luis Madina, en el barrio Meléndez, en Cali.

Pero como si quisiera contrarrestar la soledad y ausencia de pequeños y grandes con quienes intercambiar alguna palabra, de inmediato y sin tragar saliva agrega por teléfono: “Hasta los micos titi, esos pequeñitos ariscos, salieron anoche junto con las garzas negras, unas de punta alargada”.

Ese es el panorama que vive hoy Sánchez en las emblemáticas instituciones educativas caleñas, sitiadas por la soledad, pero acompañado por los cientos de animales salvajes, algunos de los cuales ya residen ahí y otros se la pasan de visita.

Para quienes frecuentan esta sede, ya sea por trabajo o estudio, se trata de un privilegio. Uno que Hermes Muñoz tuvo que interrumpir porque en ella se cumple con las medidas que impedirán que entre el coronavirus. Él, hasta la semana pasada, sacaba pecho al señalar a las que ha considerado sus mascotas y en plena y absoluta libertad.

“Ni siquiera en las montañas caucanas donde me crie conocí animales salvajes como los que se ven aquí, correteando por los corredores y en las canchas de la institución en Meléndez”.

A sus 50 años, para Hermes Muñoz, un campesino afincado en Cali apenas hace 4 años, aún se sorprende y maravilla que como auxiliar de servicios generales tenga que hacer su trabajo diario por entre guatines inquietos, ardillas saltarinas, iguanas veloces y gavilanes sagaces.

La lista es más larga. Cuando se pueda volver a hacer, basta pararse en una de las 3 canchas o 3 parqueaderos ubicados dentro de los 62 000 m2 que comprenden una de las sedes que alberga a Unicatólica y al Luis Madina, para contemplar lo que se asemeja a una pasarela animal.

Sobre esa alfombra verde que parece tapizar este rincón de la ciudad también se pavonean zarigüeyas y tortugas, bajo la mirada escrutadora de barranqueros y garrapateros que encuentran todo un hábitat propicio para subsistir, dado que por el límite sur escurre sus aguas uno de los siete ríos que tutelan la Sucursal del Cielo.

Este zoológico urbano, pero natural, enclavado en uno de los sitios más tradicionales del sur de Cali, consolidó a la par su fama a mitad del siglo pasado cuando esta capital aún conservaba vestigios de villorrio y el balneario predilecto de caleños que disfrutaban de las riberas y playas del río Meléndez era, precisamente, el que alimenta el verde del alma mater y donde reverdece la vida salvaje.

Para don Hermes, como lo reconocen pequeños y grandes, “ni en la finca Villa Cali en ‘el 30’ en Dagua, de donde llegué, ni en mi pueblo Albania (La Vega, Cauca) donde nací, estuve a menos de un metro, como me ha pasado aquí, de ejemplares tan curiosos como los que se ven en esta sede”.

Pero lo que en verdad sorprende a este campesino de los animales es “que sean tan mansitos”.

Es esa mansedumbre lo que hizo que a sus escasos 7 años la pequeña Luisa Carranza hubiera suspendido el desayuno, ese que todas las mañanas degustaba en la cafetería antes de entrar a clases, mirara hacia las canchas, como si estuviera reflexionando sobre la pregunta que le hicieron, mientras extendía su mirada escrutadora, pero dulce, como si esperara a que apareciera uno de sus ‘amiguitos salvajes’.

“Los que más me gustan son las ardillas, por su cara tierna, pero todos me dan mucha felicidad, son los animales de Dios”, aseveró la estudiante de primero de primaria, quien a pesar de su corta edad planteó una observación que sorprendería al más agudo y experimentado animalista.

“Son los animales los que salen y se paran para ver a los niños, lo hacen todo el tiempo, aunque ellos sean tímidos”, dijo la pequeña Luisa Carranza a manera de reflexión y de inmediato relacionó cada especie que ha observado durante los tres años que lleva como estudiante en el colegio.

“Además de las ardillas aquí viven guatines, iguanas, llegan las águilas, loros, pajaritos de todas clases, son lindos, por eso hay que cuidarlos en vez de matarlos, para que duren hasta para siempre”, sostuvo la niña.

Es tal la variedad de especies silvestres que muchas de ellas permanecían impávidas ante la presencia de los 1550 estudiantes de primaria y bachillerato con los que compartían corredores y zonas verdes durante los descansos de las clases matutinas, pero igualmente toleraban a los 1640 universitarios que asistían a clases en las jornadas vespertina y nocturna, antes de la cuarentena.

“Solo falta que pasen cocodrilos”, es lo que sostuvo Anderson Flórez Restrepo, el rector del colegio, en medio de estruendosa carcajada, pero de inmediato encaró el tema con la mayor seriedad. Y alargó la lista.

“Podemos ver aves de todas las clases, variedad de rapaces e incluso lechuzas, murciélagos, como también tortugas y caracoles y hasta serpientes, pero por todos los animales tenemos que velar, es el cuidado de la casa común”, sostuvo este administrador educativo.

En asocio con Juan Carlos Bermeo, administrador de la sede de Meléndez, y de Liliana Aristizábal, directora de Compras de Unicatólica, Flórez es uno de los empleados de este conglomerado educativo que han aunado pequeños esfuerzos para que en este rincón caleño se preserve la vida en su estado natural: silvestre, salvaje.

“Incluso –agregó Flórez- aquí los gatos son salvajes, he visto cómo cuatro de ellos han cazado un guatín pequeño, pero eso es parte de este ecosistema y nosotros tenemos que preservar y cuidar la vida animal”.

De ahí que él, junto con un grupo de docentes, tanto del colegio como de la universidad, han estado empeñados en proteger y conservar la vida silvestre del entorno y hayan emprendido esfuerzos y labores en torno a ese fin común como es el de “la protección de la cuenca del río Meléndez, el que le da vida al verde”.

En esta labor lo ha acompañado la licenciada en Ciencias Claudia Marcela López, una docente que se ha echado un proyecto a cuestas para sentar conciencia ambiental en la comunidad estudiantil y quien también agrega especies a la larga lista.

“Es común observar aquí pájaros carpinteros, bichofués, cucaracheros, garrapateros, gavilanes, aguiluchos, en fin, esos que buscan alimento como el gusano mojojoy, uno de los insectos que pululan en este sector, muy rico en vida animal”, aseguró la profesora López.

Como docente de sexto, ella ha intentado generar disposición ambiental y animalista en los niños. “Trabajamos en un plan que busca favorecer el entorno animal, crear conciencia en los pequeños, implica la protección y también el control de las basuras, uno de los peores perjuicios contra la fauna silvestre”.

Flórez ha estado acompañada en esta labor con el trabajo que se venía ejercitando en la comunidad universitaria, como el que hacían hasta la semana pasada los docentes de la Facultad de Ciencias Empresariales, Damaris Cruz; Jennifer Noguera, coordinadora del Sistema Ambiental, y el ingeniero Emilio Latorre, conocido como un ornitólogo empírico que ha tomado en serio la observación en este campus y por eso nutre la lista de especímenes.

“El milvago chimachima, un falconiforme como especie de gavilán, es común en este campus, igual el ibis negro o phimosus infuscatus (la garza negra que describe el vigilante); la lora cabeciazul o pionus menstruus, son ejemplares comunes de ver aquí”, recitó con propiedad este conocedor estudioso de la fauna local.

Latorre aludió como razones para que la sede de Meléndez sea un hábitat generoso, al ambiente que propicia el paso del río a lo largo de más de medio kilómetro por el límite del predio y en especial a la densa vegetación que esta institución protege en torno al afluente. El último censo de 2014 arrojó que solo en este terreno del colegio y la universidad había 862 ejemplares arbóreos.

Seis años después esa población vegetal se estima sea mayor, pues la actividad proteccionista se ha incrementado en estas instituciones, a raíz de los programas de conservación y cuidado implementados.

“Según el Dagma, es el sitio más arborizado de toda la comuna 18”, precisó la directora Liliana Aristizábal.

Son muchas más especies las que el Departamento Administrativo de la Gestión del Medio Ambiente, Dagma, ha identificado como parte de la fauna que habita los humedales de Cali. A través de la Oficina de Comunicaciones de esta entidad se da cuenta que en efecto el güatín, la zarigüeya, la marteja, la ardilla de cola roja, la nutria e incluso el armadillo son mamíferos residentes de los humedales caleños.

Entre las aves, según las que tiene clasificadas el Dagma, hay unas residentes, como el cormorán, la monjita, la guacharaca, la tángara y el cagamanteco, y hay otras viajeras como los andarrios, la reinita y la piranga.

En algún momento, todos esos ejemplares han sido avistados correteando o surcando las zonas del campus que son solo de vegetación y en las que cabrían unas cuatro canchas como la del estadio Pascual Guerrero. Hoy, solo tienen a los vigilantes del campus como sus únicos observadores.

“Todas las acciones las trabajamos para que se mantenga como un campo sostenible, con una movilidad libre que se garantiza en la sede de Meléndez”, advirtió el ingeniero Latorre, uno de los docentes de Unicatólica dedicado a los proyectos que desarrolla el sistema ambiental de la institución.

Esta actividad de los docentes ha echado raíces e incluso ha dado frutos. Se percibe en los estudiantes mayores, aquellos que crecieron en medio del verde del Luis Madina y que ahora contemplan seguir disfrutando en las mismas aulas, pero esta vez bajo el manto de Unicatólica.

“Esta vida hace parte de nosotros, hay que conservarla, tenemos que respetarla”, aseguró Daniela Villota, quien a sus 16 años está a pocos meses de graduarse, dado que cursa grado 11 junto a Isabella Rendón, Estefanía Chamizo y Valeria Mosquera, sus compañeras inseparables.

Es tal la conciencia ambiental en la que se han formado que ellas asumieron una posición crítica: “Nos falta respetar a los animales, dejamos mucho desperdicio con la disculpa de que es para alimentarlos, pero falta disponer botes de basura en los sitios más alejados”, sentenciaron al unísono las estudiantes.

Desde Unicatólica, a través de la Dirección de Compras, se indicó al respecto que se está en la búsqueda de la solución más efectiva y óptima, pero que solo se adoptará luego de que se normalice la vida universitaria, interrumpida solo por el coronavirus y el consecuente aislamiento preventivo hasta abril que busca contrarrestarlo.

Por fortuna, el único animal que está ausente en este entramado ecológico urbano caleño es el escamoso pangolín, aquel mamífero natural de Asia y África del que se descubrió fue el transmisor del covid-19, al parecer porque los comensales consumieron su preciada carne en el oriente del planeta.

Aquí, en Cali, a 16 000 kilómetros, por ahora, habrá que esperar a que tanto las autoridades públicas y privadas conciten esfuerzos, para que ambientes como el que provee el río Meléndez en torno al colegio y la universidad perduren, y que, como dicen los mismos alumnos, “se pueda seguir estudiando como en un gigantesco zoológico, pero sin encierros, jaulas o mallas”. Y sin coronavirus.

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