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Opinión

Línea de tiempo

El pasado y el futuro no existen solo son proyecciones mentales que no pueden ser verdugos del encierro actual a pesar que los años avanzan de manera inexorable y aceptarlo es difícil aún con la evidencia de hechos que no podemos ocultar.  Basta con abrir los ojos a un nuevo día y ver en la mesa de noche una lista creciente de medicamentos listos para la ingesta con fechas marcadas con el día en que vivimos.  Es una mezcla de dos tipos de fármacos, los primeros para retardar el deterioro de alguna enfermedad y los segundos para mitigar el daño que hacen los primeros.  Son prescripciones resultantes del paseo de hoy y más frecuente a las EPS donde acudimos a consulta, pruebas de laboratorio, y procedimientos complicados firmados con consentimiento para seguir viviendo en la burbuja que nos trajo un virus importado y que queremos evitar porque aún no tenemos prescripción para combatirlo.  Pero no podemos pensar que somos víctimas del envejecimiento y las enfermedades caminando hacia la muerte, nos quedan las emociones medicamentos milagrosos para sentirnos jóvenes.

Cuando la mente se aclara con las primeras luces del amanecer, sentimos dolor como buena señal que seguimos vivos, para practicar indicaciones al levantarse como: hágalo despacio, gire el cuerpo y ponga los pies en el suelo, y así evita la sensación de borrachera siguiendo estas sencillas reglas (podríamos optar por emborracharnos sin consumir licor). Tenemos que sonreír y ser agradecidos porque cuando regresamos del baño podemos encontrar la cama tendida y quedar desprogramados, y reinventarnos para seguir en este mundo, viendo en noticieros como salen a flote los males de la sociedad como cuando destapamos un resumidero, sin dolientes de pecados humanos, como la presunta corrupción, la presunta indisciplina, y la presunta indolencia. Es una sociedad de actores mentirosos que saborean los recursos públicos sin reparo ni temor porque todo quedará en el escandalo del día y nunca serán recuperados. Es la otra cara de la desigualdad que la pandemia pone en la picota pública y los medios sacan partido.

Cuando entramos en escena, la mente inicia el juego de olvidar objetos imprescindibles, y nos damos a la tarea de buscar las gafas, llaves, celulares, relojes, etc; algunos de los cuales los llevamos puestos en la cabeza, en las manos o en la oreja y por esta razón no contamos con fortuna en esta misión. Es la explicación del porqué los papás nunca contestan el celular a impacientes hijos que esperan una respuesta rápida. Reírnos de nosotros mismos es el mejor camino cuando al sentarnos en la cama confundimos los tiempos de dormir, de iniciar actividades y/o cuando vamos a la puerta y no sabemos el motivo. Parece un chiste no recordar el hilo de la conversación, o los nombres de personas, o de canciones, o programas, pero al final la vida pude ser más simple porque hoy día no es tan importante. La ventaja es que nos volvimos expertos en nuestras propias enfermedades con pequeñas confusiones en sus nombres como adenoides y hemorroides, o estítica y estético, celebro y cerebro.

Sorpresa es el encuentro con amigos que aseguran que no hemos cambiado, incluso con sarcasmo nos piden la fórmula de la eterna juventud, y minutos después cuando ganan distancia describen la vejez, las arrugas y la ausencia de pelo como las enfermedades que ellos no tienen y los más atrevidos resaltan imperceptibles tembladeras y falta de coordinación que no pudimos ocultar. La revancha que nos queda es que olvidamos sus nombres porque nos referimos con pronombres como niño o niña y/o hablamos todo el tiempo buscando en la mente, arqueando las cejas, la respuesta a la pregunta quien era ese señor? pero sin éxito.

Partimos de este encuentro con un ejercicio que puede durar varios días hasta que una neurona que sale del anonimato nos trae el nombre que ayer no encontramos pero que ahora celebramos en ausencia de sus dueños para volverlo a olvidar muy rápido.

Es evidente, la vida cambio y teníamos invitaciones más frecuentes a hospitales y cementerios a despedir a los que se nos adelantaron, algo que hoy no es posible porque somos más virtuales como hologramas movíendonos de un lugar a otro. Por eso discutíamos en los novenarios temas entorno a la edad que siempre la fuimos corriendo afirmando que murió muy joven ocultando que hace rato pasamos por ahí.

Pero también fuimos privilegiados porque nos invitaban a fiestas por económicos; comemos poco, no bebemos, y nos dedicamos a hablar sentados o bailando cuando la artritis nos deja parar y alguna pareja nos lleva la corriente con temas de noticieros y críticas a decisiones del gobierno o al equipo deportivo que nunca gana nada.

Con balanceo de primates caminamos diferente porque las caderas nos quitaron la elegancia de pasarela y pasamos de apoyarnos en paraguas elegantes a bastones, caminadores y en el peor de los casos a sillas de ruedas. Así, las escaleras y el número de prótesis son inversamente proporcionales al número de invitaciones y lugares de residencia por requerir superficies y espacios que hacen parte del nuevo ajuar de la edad.

Pasamos la vida dejando para después paseos, música, ropa, comidas y gustos en general porque teníamos que pensar en prioridades olvidamos que lo único importante somos nosotros mismos, y porque reaccionar tarde es sufrir por algo que dejamos de hacer en un pasado que no podemos modificar. No aprendimos a valorar la vida, no aprendimos a disfrutar las cosas sencillas como sonreír, cantar, pintar, o expresarnos de cualquier manera para dejar huella como seres humanos capaces de razonar y de crear.

La gran lección que me da esta caricatura de la vida es poder decir que nada y todo tiene que ver con el lector, pero lo que es seguro es que pasamos acumulando cosas durante toda la vida desconociendo cuando ella empieza a quitarnos una por una. De espacios grandes pasamos a pequeños, salimos del carro porque no podemos manejar, de la finca porque esta lejos y del dinero que nos dío todo tipo de comodidades porque ahora lo tiene un familiar para retiros, deudas, o los costos que implica el Hogar del Adulto Mayor como la mejor solución para no molestar a nadie. Es la ley de la vida que nos dice que para morir no necesitamos tanto, que nada trajimos, y nada nos vamos a llevar y que hay personas tan pobres que lo único que tienen es dinero. Es triste que cuando partimos a otra dimensión la recomendación para los dolientes es que regale rápidamente las pertenencias como receta del psiquiatra para la liberación rápida. Cuando todo esto pase nada va ser igual, pero tendremos el remedio infalible de reírnos de nosotros mismos y la certeza de dejar de creer que envejecemos.

Fotografía tomada de: Portafolio

 

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