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Opinión

La cura del covid es el amor de la familia

Por: Luis Alfredo Hernández

Me pasé la vida corriendo, creyendo que la meta era lo importante y me  desperté en un julio muy caliente,  persiguiendo la muerte a corta distancia y dejando de lado procesos y personas. En mi organismo residía un virus que preparaba una lucha de daño y destrucción; su máscara fue el resfrío y muy sutilmente la pérdida del olfato, pero no pudo engañar las señales y la fuerza del amor.  Primero estuvo Dios en el apoyo, las manos médicas de mi hijo, un soldado hermano en su estrategia de conseguir hasta lo imposible en un contexto hostil en el que ni el oxígeno asistido se encuentra y el amor de una esposa que, como en otros eventos se lanzaron al vacío, sin protección ninguna, arriesgando sus propias vidas: mis hijos y mi esposa le cambiaron la dirección  al virus en un campo de guerra de tubos de oxígeno, medicamentos, monitoreos, seguimiento permanente a la saturación y controles al instante.

Me derrumbé primero en el sopor de la ansiedad, del miedo de haberlos contaminado, y la poca fe que me acompañaba en ese momento. Pero siempre estuvo Dios y muchos de los que partieron podía verlos en un delirio que me decía que no estaba solo en mis cortos resuellos para alcanzar a llenar de aire mis pulmones. Con lágrimas retomábamos la lucha y todas las armas para no dejarlo avanzar en sus escalofríos, sensación de hinchazón de mis piernas y manos, adormecimiento de los dedos e inapetencia.

Afuera fue haciendo cola cada oración que la familia envió y una por una la recibió un ángel para repartirla adentro de mi hogar como nuevas municiones en la lucha.  Dios seguía presente porque nunca permitió que cayéramos al mismo tiempo, porque teníamos la primera dosis y porque el guerrero de mi hijo mayor, médico de profesión, luchaba solo en su campo con recomendaciones. Es muy difícil describirlo porque son síntomas inexplicables, pero es como sumergirse en un tanque de una atmósfera enrarecida donde hay que mover los ventiladores para respirar y solo se puede hacer venciendo el desasosiego que a veces gana y no me dejaba mover.

Se establece el miedo a dormir por el temor a no respirar y siempre fue el reto, pero siempre estuvo Dios, el oxígeno, la saturación y las posiciones en la almohada para que poco a poco las pistas de aire se abrieran y cerraran, dejando algunas que allanaron el camino. El incentivo del pulmón o inspirómetro (pequeña caja con tres pelotas que sirven como terapia pulmonar) fue un amigo inseparable porque aspirar y exhalar debía ser mi prioridad y la terapia, que por mucho tiempo me acompañará para mejorar mi calidad de vida, fue el regalo a un esfuerzo por respirar mejor.

Todo fue transcurriendo al seguir la pista del daño que produjo el virus hasta verlo un día a través de la huella que dejó en el pulmón derecho esmerilado. Es difícil explicar lo que pasó con la familia, todos expuestos, con diferentes vacunas, edades  y momentos;  lo común fue el mapa genético de cada uno de nosotros.  En mis estudios de posgrado -en enfermedades en plantas- comprobé que el promedio de una enfermedad producida por un hongo era menor en una parcela en mezcla con diferentes grados de tolerancia, comparado con el promedio de la enfermedad en una parcela pura de plantas susceptibles. En conclusión, hay un efecto barrera determinado por su mapa genético, principalmente, y muchos otros factores externos.

Es probable que no aplique para los virus en seres humanos, pero no podría explicar mejor cómo reaccionamos cada uno de manera diferente y al final en forma no tan catastrófica. El incentivo y los broncodilatadores por inhalación abren por completo la vía respiratoria gradualmente y en forma permanente,  permitiendo al comienzo caminar como un anciano asmático, apoyándome del brazo de mi esposa, pero en la medida que avanza el proceso de adaptación caminar es la otra vía a la normalidad.

Hoy podríamos preguntarnos ¿cuál puede considerarse como primera señal de civilización? (pregunta hecha por un estudiante a la antropóloga Margaret Mead). La estudiante esperaba que la antropóloga hablara de anzuelos, cuencos de arcilla o piedras para afilar, pero no. Mead dijo que el primer signo de civilización en una cultura antigua es la prueba de una persona con un fémur roto y curado.

Mead explicó que en el resto del reino animal, si te rompes la pierna, mueres. No puedes huir del peligro, ir al río a beber agua o cazar para alimentarte. Te conviertes en carne fresca para los depredadores. Ningún animal sobrevive a una pierna rota el tiempo suficiente para que el hueso sane. Un fémur roto que se curó es la prueba de que alguien se tomó el tiempo para quedarse con el que cayó, curó la lesión, puso a la persona a salvo y lo cuidó hasta que se recuperó. “Ayudar a alguien a atravesar la dificultad es el punto de partida de la civilización”, explicó Mead.

La civilización es una ayuda comunitaria.

La enfermedad hoy nos expone a efectos colaterales de diferentes tipos, pero también a la discriminación de la sociedad, de la familia y de los que piensan que somos vehículos de un virus que potencialmente los puede infectar.  Las noticias muestran cómo surgen nuevas cepas, nuevos contagios, que dejan ver una perspectiva de alta probabilidad de infección a la mayoría de la población. En ese orden de ideas, es mejor estar vacunados, tener anticuerpos, tomar medidas preventivas porque estoy seguro que no seremos los últimos infectados del planeta.

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