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Crónica

Historias entre tumbas

Son tan solo las siete de la mañana y el cielo ya se cubre de varias nubes grises. La congestión vehicular aumenta con el paso de los minutos, y con ello la ciudad pierde su calma poco a poco. Muchos semáforos han dejado de funcionar, los peatones apresuran sus pasos y los conductores aceleran los motores para llegar a sus destinos. Aun así, el cementerio Campo Santo Metropolitano del Norte abre sus puertas para recibir a los visitantes como de costumbre.

Dos horas más tarde el clima se torna más oscuro, sin embargo, esto no es un impedimento para que lleguen más personas. Se ven entrar con flores, cartas, y hasta globos para adornar la tumba visitada. Algunos expresan felicidad y otros traen la amarga tristeza de la pérdida dibujada en sus rostros. Aunque las emociones y reacciones de ellos sean diferentes, todos tienen un mismo propósito: compartir un rato con aquel recuerdo de la persona cuyo cuerpo reposa bajo las lápidas.

No solo los involucrados con los difuntos llegan al cementerio, también lo hacen aquellas personas que encuentran un sustento a partir de cada muerte, a raíz de cada entierro. Un joven de overol azul turquí, camisa blanca con manchas de tierra, botas negras empolvadas, gorra gris y sonrisa impecable se encuentra limpiando la silicona de una lápida: son  residuos de la decoración navideña, por este trabajo le pagan $3.000.

En otro lado del cementerio, tres hombres de traje oscuro, con zapatos negros relucientes, y unas guitarras viejas, se rien. Ellos son quienes participan en cada entierro con sus canciones tradicionales y melancólicas, acompañando el dolor de las familias y otros allegados. Luego de tocar 3 o 4 canciones los músicos dan el sentido pésame y esperan recibir la colaboración, para continuar su trabajo con otro doliente. Así recogen alrededor de $10.000 por entierro, cifra que deben dividir entre todos y el promedio semanal depende de la cantidad de entierros que haya.

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En el nororiente de Cali, en el barrio Las Delicias, se encuentra ubicado el cementerio Campo Santo Metropolitano Central, uno de los  más antiguos y emblemáticos de la ciudad. En la entrada es usual encontrar la venta de los arreglos florales, lápidas y placas, en las cuáles se escriben mensajes a los fallecidos.

Por ser uno de los primeros cementerios que existieron en la ciudad se pueden encontrar difuntos de todos los estratos socioeconómicos, este es el caso del empresario Adolfo Aristizábal, quien tenía mucho dinero, ya que era el dueño del Hotel Aristi. A partir de su muerte se creó un mito que lo hace ser reconocido como El Monstruo de los Mangones, se dice que él padecía de Leucemia y mandaba a sus trabajadores a matar niños para realizarse sus transfusiones de sangre. Fueron 39 asesinatos en serie que comenzaron desde 1963, y que tuvieron estremecida a la sociedad caleña, y como nunca pudieron ser resueltos plenamente, Adolfo Aristizábal continua siendo el culpable de dichos asesinatos.

Pero esos crímenes no son el único rumor que marca su nombre, alrededor y sobre su tumba hay más de 20 placas, flores, cartas y juguetes, que lleva la gente para agradecer por los milagros que cumple.

  • Yo le tengo mucho respeto a Aristizábal, porque fue alguien muy importante en su momento, pero yo a él no le pido ningún milagro, porque los cumple pero luego trae desgracias. ¡Ese señor fue un asesino! –afirma Marta González, una de las visitantes del cementerio.

Mientras tanto, sobre el pasto, a lado de una tumba está Reynaldo Borrero, quién todos los días desde hace 20 años trabaja aquí, un hombre de baja estatura, piel morena y una gorra que lo protege del fatigante sol, su oficio es el de mantener en buen estado las tumbas. Por cada lápida que le solicitan se gana mensualmente $20.000 y las arregla 2 veces al mes.

  • ¿Milagros? Sólo Dios, yo no creo en eso, y sí están haciendo milagros es porque allí trabaja el diablo. – dice Reynaldo, quien  se limpia la tierra de sus dedos y suelta la pala disponiéndose a aclarar cualquier duda. – Yo nunca he visto nada raro acá, los muertos están muertos y de ahí no se mueven, hay que tenerle miedo es a los vivos.- Finaliza y pala en mano continuó su trabajo.

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Este cementerio tiene otro personaje que también atrae diariamente a curiosos y creyentes. Ubicada a unos metros de distancia del Monstruo de los Mangones, está Michell García Saudhdy, “La niña Milagrosa” que para muchos es un ángel que ha salvado o mejorado sus vidas.

Saudhy murió exactamente un año después de su nacimiento y tras otro año se conoció su primer milagro. Cuentan varias personas que una mujer se encontraba muy desesperada por la salud de su hija y le pidió, con insaciable fe, un milagro a la niña, el cual se cumplió en el transcurso de pocas semanas, por ende, en gesto de agradecimiento, la señora fue a visitar nuevamente a Michell y le dejó un juguete fuera del osario, convirtiéndose así una de las tantas visitas que le haría para seguirle agradeciendo y pidiendo más milagros.

Como esta, se conocen incontables historias de la gente que ha recibido respuesta a las peticiones que le hace a la niña, y quien vaya al cementerio podrá verificar que son muchas personas las que creen en ella, ya que tiene bolsas llenas de juguetes, además de cartas y flores que decoran su osario.

Frente a la lápida de Michell, de pie, un hombre de camisa roja, con blue-jean y zapatos habanos, le susurra a la tumba y unas cuantas lágrimas resbalan por sus mejillas, mientras acaricia con sus dedos el nombre de ella. Al alzar su cara se notan bajo sus ojos unas grandes ojeras y mucha tristeza en la mirada. “¡Ay mi niña!” Exclama tras suspirar.

  • Para resolver cualquier duda que tenga la gente sobre mi sobrina, solo debe hablar con ella y preguntarle, que ella siempre responde y cumple los milagros que le pidan.- dice Alex García, aquel hombre que visita a la niña y que afirma ser su tío.

Minutos después llega una mujer a cambiarle las flores, a acomodarle los juguetes y a saludarla. Se queda un momento con los ojos cerrados, mientras toca la lápida con su mano derecha y le habla en voz baja.

  • La niña me ha hecho varios milagros, si uno le pide con fe, ella los cumple. Luego usted viene y le trae su muñequita y así le agradece. Yo le he pedido que me ayude a ganar los chances (la lotería) y que me ayude a conseguir trabajo, como hoy que vine para eso, porque yo sé que ella siempre lo hace.- Asegura Mercedes Rincón.

Así se viven los días en estos dos cementerios, uno el de las tristes despedidas y el otro en el que se experimentan los milagros, y entre cada entierro hay personas que se ganan la vida. Además de todo, se suman distintas historias, mitos y leyendas que hacen de los cementerios lugares un poco misteriosos.

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PRECIOS:

  • En el Cementerio Metropolitano del Norte el entierro más económico cuesta $2´556.000 y el más costoso $4´600.000.
  • En el Campo Santo Metropolitano Central el entierro más económico cuesta $1´815.000 y el más costoso $3´741.000.

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