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Opinión

Fajardo: el mejor de los candidatos, pero el peor de los políticos

Por: Miguel Velásquez

La tardía capacidad de reacción, que ha caracterizado a Sergio Fajardo en sus últimos cinco años de vida política, le ha marcado lo que hasta ahora parece ser un detrimento en su imagen como opción electoral. El votante colombiano actual suele ser susceptible a las tendencias definidas por las redes sociales, y en este caso, la frialdad que ha sostenido el candidato verde a la hora de defenderse de los relatos adversos replicados en lo digital le han hecho el daño suficiente como para hacerlo parecer fuera de combate. 

Aun siendo Fajardo uno de los candidatos con las propuestas más viables, con la experiencia suficiente y con la formación necesaria para asumir la presidencia, su permisividad y mansedumbre política lo han encasillado en una imagen más que de tibieza, de frialdad. 

Puede que sea terquedad o convicción, pero la actitud de no respuesta ante sus adversarios, más que un rostro de juego limpio, le está marcando a Fajardo una imagen de no dar la cara. Pareciera ser que cualquiera pudiera pasar por encima de Fajardo como candidato sin tener consecuencias. Pues así, nunca hizo fuerza por revertir su imagen de tibieza, popularizada por el ardor petrista en las perdidas elecciones de 2018; no hubo una respuesta contundente de su parte a quienes le siguen echando en cara el caso de Hidroituango; y tampoco supo defenderse recientemente frente a la electa senadora Isabel Zuleta y su confesa campaña de desprestigio político en su contra. 

Esa política blanca y mansa que profesa lo deja a merced no solo de sus detractores políticos, sino de las nuevas generaciones de lagartos que emergen en estas aguas, tales como Duvalier Sánchez y Catherine Juvinao que, aunque con el aval y libertad de la colectividad para brindar su apoyo en estas elecciones, decidieron darle la espalda a quien por lógica política deberían y se fueron con el candidato del Pacto Histórico, tal y como si estuvieran recogiendo las banderas camaleónicas de políticos como Roy Barreras y Armando Benedetti. 

En conclusión, la metodología política a la cual Fajardo le apuesta, y le es fiel, no le permite salir del hueco electoral en el que parece haber sido sumergido, aun por encima de sus capacidades intelectuales, la viabilidad de sus ideas y la diplomacia que lo caracteriza. De esto último se puede decir que Sergio Fajardo es un muy buen candidato, pero no para el contexto político colombiano, el cual maneja dinámicas de improperios directos y señalamientos constantes. En esto, Fajardo es el peor de los candidatos. 

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