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Cali

En Mojica hay quienes luchan por vivir en paz

Por: Jorge Escobar Banderas

Transcurría la noche en el barrio Mojica, ubicado en el oriente de Cali. Una ráfaga de disparos irrumpió el silencio, hasta que los gritos desesperados de auxilio alertaron a todos los vecinos, ¿la víctima? Un adolescente de 15 años.

Quizás esta escena no representa novedad alguna para los habitantes de esta comunidad, en la cual se registraron 27 muertes violentas, durante lo corrido de 2019, según las estadísticas manejadas por el Observatorio de Seguridad Ciudadana de la capital vallecaucana.

“En mi cuadra había muchos muchachos asesinados a muy temprana edad. Los mataban por nada, no alcanzaban ni siquiera a conocer la cédula, me dije una vez que tenía la capacidad y confianza para hablar con ellos”.

Así fue como Catalina Ángulo se rehusó a quedarse de brazos cruzados ante los casos de violencia juvenil presentados en su sector. Esta mujer de 35 años, tez morena y voz gruesa se convirtió en una lideresa que se ganó el título de gestora de paz y convivencia, entre sus vecinos, por la labor que ha ejercido durante los últimos cuatro años.

“Sí, me considero y me reconocen como una gestora”, afirma. En su cuadra, la distinguen por su entrega y buena disposición, siempre sin esperar nada a cambio. Angie Lozano ha sido testigo de ello y reconoce que “ha sido una buena ayuda para el barrio, porque ella busca animarnos a salir adelante”.

Calles cargadas de historias

Aquí en Mojica todo el mundo se conoce. Entre sus pequeñas calles no hay lugar para decir que alguien es un desconocido, la fraternidad de sus habitantes se hace evidente a simple vista. Aquí la risa de los niños y niñas que juegan en los andenes se entremezcla con la estridencia de la música a todo volumen y una que otra invitación a tomarse un tinto.

Para ella, caminar por este barrio es reencontrarse con aquellas anécdotas e historias que evidencian la importancia de generar procesos participativos pensados por la comunidad y enfocados en la construcción de soluciones a sus problemas.

Al salir de su casa se detiene a señalar la esquina que separa a este sector con la Colonia Nariñense. Anteriormente, este lugar permanecía ocupado por un grupo de jóvenes quienes se reunían ahí para consumir sustancias alucinógenas, lo cual resultaba incómodo para los residentes de las viviendas cercanas.

Llegó un día donde tomó la determinación de hablar con ellos, e indagar por qué se reunían allí. Con asombro recuerda que la justificación era “no tenemos nada que hacer”. En ese momento les dijo: “Siempre hay algo que hacer. Pongámonos a hacer una comida, vender almuerzos, ropa de segunda … Si los ven aquí parados, la gente puede pensar que les van a robar y les pueden disparar”.

Ante ese escenario, optó por pedir ayuda a la Asociación Cristiana de Jóvenes (ACJ) de Cali donde fue recibida por el trabajador social Nilson Moreno, con quien tuvieron la idea de empoderar a estos jóvenes por medio de proyectos socioproductivos que aportaran a su bienestar.

Moreno afirma que “gracias a Catalina pudimos darnos cuenta del problema que existía, y la posibilidad de realizar una propuesta de trabajo que permitiera a los jóvenes darse cuenta de la importancia de asumir responsabilidades”.

El resultado de esta idea fue el montaje de una tienda donde vendían artículos usados. Ahí, entre los muchachos se repartieron los roles que traía consigo la administración del negocio, entre los cuales se encontraban los encargados de comprar la mercancía, la atención al público y las entregas a domicilio.

Esta fue la primera acción que le permitió ganarse la confianza de los jóvenes, quienes encontraron a una nueva aliada comprometida por ayudarles a salir adelante y dejar a un lado el consumo de drogas.

Luego de pasar por aquella esquina, ella señala a lo lejos un mural que resalta por sus vibrantes colores. A medida en que se va acercando, se distinguen distintas frases alusivas al cuidado del medioambiente. Catalina Angulo recuerda que esta fue una acción donde todos los vecinos se unieron para recuperar y limpiar este espacio, el cual estaba repleto de escombros.

“Somos personas que a pesar de los bajos recursos, tratamos de solucionar entre los vecinos”, resaltó.

Casualmente, mientras nombra aquel recuerdo, su amigo Francisco se detiene a saludarla. En ese momento, él no duda en soltar varios elogios hacia ella e insiste en que, gracias a su labor, hoy en día el ambiente dentro del barrio es muy diferente a como era hace un par de años.

No obstante, las cicatrices de esa violencia desmedida todavía permanecen presentes en Mojica. En las puertas de las casas es posible distinguir los impactos de bala que sobresalen del hierro.

Diariamente en Cali, las páginas judiciales de la prensa dan cuenta del creciente número de asesinatos perpetrados en diversos puntos de la ciudad. Una de las características que más ha generado preocupación son las edades de las víctimas, las cuales en su mayoría son menores de 25 años.

Sin embargo, en esta ciudad hay personas como Catalina Ángulo, quienes no pueden permanecer en silencio e inertes ante esa cruda realidad que termina cobrando vidas. Su título de gestora de paz y convivencia no ha sido en vano, con sus acciones le ha enseñado a esta comunidad que existen formas diferentes de hacer las cosas.

Al final del día, ella se la juega toda por la paz en Mojica.


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