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Cali

El descenso al Calvario: Un paseo por el laberinto de la miseria humana

“Quítense todo lo de valor: Aretes, cadenas, pulseras y cosas que llamen la atención porque mijitos pa’ ellos eso no es una tentación sino un milagro del cielo.” Con estas palabras comienza el Padre José González, vicario de Reconciliación y Paz de la Arquidiócesis de Cali, a dar las instrucciones para iniciar la caminata que realiza la Fundación Samaritanos de la Calle todos los martes  y que reúne un numeroso grupo de personas venidas de todas partes de la ciudad, para repartir pan y aguapanela a los habitantes en situación de calle del barrio El Calvario.

El sacerdote Braulio Ortiz, quien también lidera esta obra social lo acompaña dando otras instrucciones de rigor: “Si yo les digo caminen: Caminan, si les digo Paren: Paran, si les digo corran: ¡Corren! Vamos a andar juntos y no se separen, nadie se me vaya a ir a repartir agua panela solo.”

El martes 26 de junio de 2016 está grabado en la memoria de quienes vivieron esta experiencia por el repudio que producen las injusticias sociales. Las manecillas del reloj marcan casi las ocho de la noche, la gente camina despacio espantada por el olor, no huele ni a caña, ni a tabaco ni a brea, el lugar huele a marihuana, a orín, a excremento y basura, tan tremendo es que ni siquiera se va con la brisa que llega desde Buenaventura y que refresca las tardes caleñas. Tampoco se ve el cholado, el mango viche o el chontaduro, se prueba más bien el hambre en toda su magnitud, el dolor de no probar un plato de comida en tres y hasta cuatro días.

Después de mostrar someramente las instalaciones de la fundación, contar un poco sobre la labor social que se adelanta y dar las debidas instrucciones se inicia lo esperado y lo temido: El trayecto. El cura abre la ancha puerta del garaje de la casa, la cantidad de personas que reparten comida no se alcanza a contar pero se aprecia que son más de 60, afuera esperan varios niños y unos cuantos hombres jóvenes de no más de 30 años residentes de las calles del Calvario. Entre las inmensas ganas de ayudarlos y la osadía de conocer semejantes realidades se mezcla el pavor que a cualquier persona le da que se le acerque un “indigente” como les suelen llamar.

Los instantes continuos a la apertura de la reja representan un choque de adrenalina pura que impacta al corazón y lo acelera, en medio de la oscura noche y de las casas en obra negra y viejas hay una especie de hombres alienados y desesperados como zombies, sus rostros reflejan desprecio y en sus ojos hay una denuncia que lleva por nombre: Olvido.

El pánico es tanto que paraliza el deseo de saciar su fatiga, aunque ellos sigan acercándose cada vez más y más: “-¿Por qué se corren, es que vieron un espanto o qué?- “Interpela un hombre de tez morena, alto, fornido, con las ropas sucias, los ojos llenos de odio y el rostro triste mientras el grupo se asusta al verlo tan cerca.

Entretanto se avanza por las cuadras, los servidores caminan uno al lado de otro, cada quien reparte lo que lleva en su bolsa que rápidamente se va agotando para destapar otra y otra. Las caras de los servidores se mueven entre el miedo y el asombro, muchos tratan de caminar por la mitad de la carretera pues las aceras representan un peligro que es mejor no asumir, incluso un joven que reparte pan se dirige a sus amigos exclamando en un tono de cuchicheo: “Andén, no; andén, no” mientras observa con sus ojos a los hombres tirados en el pavimento.

En el Calvario viven cerca de 6.000 habitantes, según estudios de la fundación en 2011, casi la misma cantidad de la población que reside actualmente en el municipio de La Pintada en Antioquia. El laberintico sector está delimitado por la calle 11 hasta la 15 y desde la carrera 5 hasta la 10, dejando en boca de los caleños nombres tan particulares como San Pascual, Sucre, Santa Rosa, San Bosco, San Nicolás, el Obrero y Fray Damián. Las dinámicas económicas del lugar se mueven por el reciclaje, el microtráfico de droga, la prostitución y la delincuencia. El cura explica: “La plata no es en pesos sino en papeletas, digamos que  le roben esas zapatillas pues acá las venden por tres papeletas de basuco.”

Al adentrarse en los pasajes y callejones se pierden las nociones de espacio y de tiempo; las edificaciones desgastadas, la suciedad, la oscuridad y las luces de colores de los bars shows e inquilinatos, que se repiten en cada cuadra, facilitan la desorientación. Entonces, sin norte ni sur no queda más que contemplar el cuadro de la descomposición social: En una esquina una niña de menos de 15 años recostada a una pared llora con el cuerpo cubierto por una pocas ropas. Más adelante, un niño de cuclillas tiene en la boca un bote de pegamento y la mirada perdida. Al fondo, una pareja deambula con sus pocas pertenencias por las calles del Calvario con un bebé en un coche viejo y un anciano se encuentra sentado en el suelo con un costal al lado,  por la expresión de su cara pareciera que está a punto de llorar.

Antes de terminar el recorrido se hace una parada en una esquina para explicar que el consumo es por calles, ya que la organización se da según el estado del consumidor y lo que consuma, es por esto que hay una cuadra para heroinómanos que son los que están postrados y solo tienen fuerza para inyectarse. Todo tipo de sustancias psicoactivas se ven en el sector pero lo que predomina es la pasta de cocaína. El padre toma el megáfono y comenta: “La mayoría de estas personas, menos los niños que han nacido aquí y que son inducidos a la droga, han sido cualquiera, no… Muchos son estudiados y algunos profesionales: Músicos, modelos, ingenieros, diseñadores, licenciados, abogados e incluso médicos y ninguno se imaginó que terminaría metido acá por probar esa cosa.” Y es que para esta ciudad el último reporte del Observatorio de Drogas de Colombia es alarmante: En Cali hay 5.416.98 consumidores de basuco al año. Entonces el Padre agrega con tono suplicante a los servidores: “Por favor jóvenes, no se den la licencia de probar las drogas porque pueden terminar así.”

El recorrido finaliza cuando el reloj marca las 9:30 de la noche en la carrera 10, justo en el Palacio de Justicia, lo que queda de alimentos se va para la fundación. Lo que queda de la gente solo tiene cabeza, tal cual como Cristo Rey, con los brazos abiertos, para mirar al cielo y preguntar: ¿Qué es esto? Mientras abordan el bus para regresar a sus casas entre el estupor, el frío, el dolor y la impotencia. Lo que queda del Padre se adentra con su equipo de nuevo en los callejones del Calvario. Finalmente, lo que queda de los habitantes de la calle es el hambre y la convicción de que el sentido más profundo de la vida es conseguir dinero para fumar basuco.

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