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Crónica

Crónica de una jornada interminable: el 21N

El pasar de las horas con el consecuente pasar de los días es un remedio infalible para los males, al menos así lo han creído nuestros antepasados. “No hay mal que dure 100 años ni cuerpo que lo resista”, podría ser alguna de las sentencias que bien ilustran aquella afirmación. Retomaré este asunto más adelante.

El pasado jueves 21 de noviembre, el fatídico noviembre en Colombia- sucedió algo extraño. No fue la marcha multitudinaria que apoyaba el paro nacional. Fue una honda de rumores con evidencias muy débiles, casi imperceptibles, de que lo que estaba sucediendo era verdad: primer rasgo de lo sucedido este 21N en horas de la noche y que bien podría resumirse en una pregunta: ¿era verdad o mentira lo que se decía? Otro rasgo extraño era que lo que estaba sucediendo, verdad o mentira, se escenificaba en el interior de un modelo habitacional que tiene dentro de su portafolio de bondades la seguridad, nos referimos a los llamados “Conjuntos o unidades residenciales o complejos habitacionales”. Cualquier opción denominativa tiene un elemento en común: la familia. Por eso algunos lo llevan consigo: “Conjuntos, unidades o complejos familiares”.

Un tercer rasgo lo apreciamos al otro día –viernes 22- a más de 400 kilómetros de distancia de Cali. En Bogotá, casi de manera “calcada”, sucedió lo mismo. Un rumor oscuro: hordas de las que nunca se logró precisar perfiles, invadían los espacios de habitación residencial en conjunto. En ambos casos la reacción de los residentes fue colectiva, solidaria, sostenida e indignante. Entre estos no hubo distingo alguno de edad, sexo, ocupación e incluso de ideología política. Todos se confundieron en una sola masa defensora de su territorio. Señores, damas, jóvenes, niños, familias enteras. Empleados públicos, profesores, profesionales, estudiantes. Vale la pena revisar los cuatro atributos de esta reacción humana en cadena.

Colectiva. No se quedó nadie sin empuñar algún objeto que – a su medida- sirviera para rechazar físicamente el arrivo vándalo de esa horda de “delincuentes” a los que nunca se les vio el rostro, ni tampoco el cuerpo. Era útil cualquier cosa que pudiera producir impacto. Palos, machetes, martillos, cuchillos de cocina, palas y unas cuantas armas de fuego. De esa dimensión fue la cruzada.

Solidaria. Pocas veces antes, solo el historial de convivencia de cada conjunto lo atestiguará, se desplegó una dinámica solidaria tan amplia y fuerte como la de aquel ingrato 21N. No importó el conocimiento previo de nadie, todos eran cercanos ante tales circunstancias. Las consabidas diferencias o malentendidos propios de una co-habitación no aparecieron, todo era común, todo era solidaridad por una causa que nadie lograba precisar.

Sostenida. No fue un arranque de ‘verraquera’ momentáneo. Con el pasar de los minutos se sumaban más ‘cruzados’ a la defensa del territorio. Se lograron incluso establecer turnos de relevos para montar guardia ante el asedio de un cuerpo enemigo que nunca se pudo definir de quién se trataba. La jornada se inició entrada la noche del 21N y finalizó con las primeras luces de la mañana del 22N. Más de diez horas de una convivencia forzada por un desconocido enemigo. Ningún otro motivo habría podido conseguir ese resultado.

Indignante. Tal vez el adjetivo más preciso para esta jornada de defensa, no imaginada, ni mucho menos planificada, del espacio sagrado de habitación. Indignante porque al principio y al final nunca se supo contra quién se estaba dispuesto incluso a dar la vida. Cualquier experto en asuntos militares sabrá explicar mejor que el mandamiento número uno de un estado de guerra es el conocimiento preciso, milimétrico del ‘enemigo’. Nunca fue precisa la información de cuántos eran, cómo operaban, por dónde llegaban, qué armas usaban, ni mucho menos de quiénes se trataba. Por lo tanto fueron diez horas continuas de zozobra, de incertidumbre, de un frío que permaneció  en el cuerpo todo el tiempo. De un frío que no dejaba pensar con tranquilidad. Protuberante falla, dirá el experto militar, no disponer del más mínimo dato de aquel que pretende agredirnos. Por ello es indignante. Porque si tuviéramos la oportunidad de ver en vídeo nuestros rostros, nuestras disposiciones corporales, de escuchar nuestras diatribas al gobierno, al sistema, a la globalización, al capitalismo, al socialismo del siglo XXI, a la vida misma y sus azares; nos sonrojaríamos, pediríamos borrar la evidencia de un comportamiento que no nos representa. Que no hace parte de nuestra identidad. Pero, que también hizo aflorar instintos desconocidos. Actitudes poco comunes en nuestro diario vivir. Resulta indignante porque se necesitó de la exposición a un ataque al espacio compartido para abrir un lugar al Otro próximo, con el que muchas veces nos cruzamos en el camino y ni un saludo de buenos días intercambiamos. Pero esa noche aciaga estuvimos dispuestos incluso a pelear hombro a hombro por un agravio común. Indignante porque no debiéramos esperar la llegada de situaciones extremas para comprender la esencia de vivir en un conjunto habitacional en el que se comparte algo que los seres urbanos no terminamos por comprender: el territorio. Ese que la cultura indígena defiende con la vida misma si es necesario. Indignante porque se echaron por el suelo cuanto argumento se esgrimiera por tal o cual ideología o discurso político. A la hora de la amenaza a nuestros seres amados; la izquierda, la derecha, el centro, el verde o el amarillo, se van para la mierda. Indignante porque toda esta movilidad de recursos –los de defensa- como los suministros para el sostenimiento de la larga jornada, solo tuvo como sustento una oleada de rumores. De verdades a medias que terminan siendo peor que la misma mentira.

Conforme pasan las horas y los días la indignación no desvanece, pero se atenúa. Esto como producto de una mayor claridad para poner sobre la mesa el detalle de lo sucedido. No se trata de entrar en análisis de naturaleza sociopolítica, ni académica, ni popular. De todas ellas abundaran los escritos, las crónicas, las columnas de opinión. Una gran mayoría de parte de quienes, como de costumbre, estuvieron lejos del escenario de los acontecimientos. Quien aquí escribe, siendo académico, teniendo la capacidad para hacer un análisis más “sesudo” de los hechos, pues los vivió con dolor de padre, esposo, vecino, amigo, no lo hará. El asunto a pesar de su complejidad no resiste tanta retórica. En lo personal el asunto es simple. Se han metido a nuestra casa. Han agraviado nuestra tranquilidad. Han importunado nuestra cena. Han afectado el estado nervioso de nuestros hijos. Han llenado de paranoia nuestro diario comportamiento. Han acrecentado el sentimiento de desprecio por todo el sistema –político, económico, social. Han sembrado la semilla de la indiferencia por cualquier postura que pretenda luchar por los intereses de otros, cuando los únicos que interesan son los de ellos. Han terminado por profundizar el rechazo a cualquier color, partido, movimiento que pretenda intervenir en el desenlace de nuestras vidas. Todo en tiempo presente, pero las secuelas a mediano y largo plazo se harán sentir.

Será en pequeñas cuotas a corto, mediano y largo plazo. El país ha quedado resentido. Esta vez fueron dos ciudades, como una suerte de laboratorio, mañana cualquiera. No es que a los residentes de la ciudad no nos tocara una porción del problema, como le ha correspondido a los habitantes del campo. Es que –y que no suene a justificación- el conflicto –de más de cincuenta años- ha estado centrado en el país rural, en la posesión de las tierras, en su uso o explotación, en su posición estratégica. Pero, la ciudad ha tenido sus propios males. Sus propias penurias: la contaminación, la congestión de los espacios, el raponeo, el hacinamiento, las distancias, el microtráfico. Todo ello y más nos ha llevado a configurar espacios de vida cerrados, distantes, costosos; pero sentíamos que el esfuerzo valía la pena. Después del 21N todo quedo en el limbo, a la intemperie, a la vista. Las metáforas se van desgranando conforme pensamos en los hechos. Si era verdad lo de la horda de vándalos, no importa su origen, entonces a qué quedamos expuestos. Si era una patraña, propia de estas renovadas prácticas del juego democrático, entonces nuestra vulnerabilidad no es solo de espacio y tiempo, sino cognitiva, mental, de sentidos.

Nada volverá a ser igual después del 21N. A pesar de la resiliencia, del folclorismo, del espíritu fiestero que nos caracteriza y que más de las veces hace que “pasemos la página” de los hechos tan rápidamente que después nos cuesta trabajo aceptar que la estamos volviendo a leer. A cada nueva movilización aparecerán los fantasmas de la asonada. De la invasión del espacio íntimo. A cada nuevo rumor se prenderán las alarmas de los nervios, del malestar, del frío que recorre el cuerpo. A cada sonido extraño en el territorio de la vencidad nos moverá la sensación de que somos atacados. Solo una ganancia de todo esto, la posibilidad de re-considerar las formas de vida cotidiana. Esa que se teje en el día a día con los nuestros, con los amigos, con los vecinos. Pero, que también tiene que ver con el re-ordenamiento de las prioridades. ¿De qué nos servían tantas posesiones materiales, en casa, en momentos como los vividos el 21N? de nada, sin duda. Debemos andar en la vida más livianos. Ese sobrepeso con el que caminamos no es solo de kilos corporales, es también de cosas, de un activismo improductivo, de compromisos superfluos, de relaciones peligrosas. De arrogancias sin sentido.

El 21N pareciera nos puso en contexto. En contexto de que las cosas andan mal. De que si continuamos así lo que en principio pudo ser solo un rumor podría en el inmediato plazo volverse real. Que las hordas del rumor podrían tomar otras formas. Las formas de los excluidos de sus territorios naturales en el extranjero, al fin de cuentas esa es otra cara de la globalización. Que no nos sorprenda saber que el sonido tormentoso del rumor de hordas que invaden nuestro espacio y nuestro tiempo no es más que una suerte de “franquicia” con sello de garantía global

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