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Crónica

Brochazos de un maestro de obra en cuarentena

Los crespos blancos acomodados desordenadamente detrás de las orejas, dejan ver como la mitad de su cabeza ya padece de alopecia, barba larga y voluminosa y un par de gafas rectangulares y alargadas reposan sobre su nariz, más o menos así es la figura viva de Ulpiano Marín Carreño, un maestro de obra, rolo a quien poco le importan las opiniones ajenas y mucho la cerveza.

Este exfumador de Pielroja y padre de tres hijas, ha dedicado su vida entera a escalar andamiajes, mezclar cemento, lijar techos y tirar unos buenos pisos, no le importa si sus ‘jeans’ llegan pintorreteados a su casa, donde siempre lo espera, con un tinto bien cargado, su esposa, Celia, quien lo saluda batiendo sus manos a través de la reja de la entrada principal.

Don Ulpiano llegó a ser conocido en Bogotá por su buen trabajo y el de su hermano, ‘los Cojos’ les decían, hoy uno de ellos “ya partió a mejor vida”. Los peculiares hermanos no solo se parecían físicamente, característica que le hacía ‘sacar pecho’ a su padre don Gilberto Marín, sino también en sus nombres, pues se intercalaban, el finado tenía por nombre Gilberto Ulpiano y el protagonista de esta historia se llama Ulpiano Gilberto; algo que aún causa mucha gracia a toda la familia Marín.

Con su caminado peculiar solía salir todas las mañanas por un sendero medio pavimentado, con su maletín terciado, su gorra azul turquí y su correa de cuero café; tiempos de gloria, los llama él, ¡otra Gloria! corrige su esposa, y de paso ella afirma sonriente que ahora disfruta más de su esposo, de un café que no es intermitente, o por lo menos no hasta el momento.

A punta de agachadas y subidas ha levantado su casa y la de sus hijas, a cada una le ha dejado las cuatro paredes bien hechas, pues machetero afirma no ser. Responsable sin duda, y ni una docena de Póker  apagan a este  amante de los boleros y tropicales que aunque poco baila, no puede resistirse a una pieza con sus hermanas; de chistes torpes y vocabulario grosero, un ave María resulta ser un trabalenguas para su boca, pero piadoso sí es y sin la bendición del padre, hijo y espiritusanto no sale ni deja salir a sus nietos, que no superan la media docena.

Padre cuidador y cascarrabias, unas hijas bien derechitas, asegura que crio, sin embargo, la mayor, para el rolo trabajador, resulta ser la que le saca canas verdes.  Diana no ha sido fácil, un poco aventurera y descarriada y a pesar de que ya tiene más de 45 y ahora vive lejos, sigue siendo su preocupación, aunque lamentablemente no es la única, pues la situación económica está dura

A pesar de que el pan no ha faltado y el amor tampoco, vivir de vez en cuando con la soga al cuello resulta ser fastidioso para el maestro de obra, pues ahora que su edad no le colabora a su salud, es muy difícil sostenerse cómodamente.

El orgullo lo caracteriza y no quiere la ayuda de sus hijas, “ni vivir, ni molestar a ninguna”, aunque ‘sus muchachas’ no lo desamparan, lo dice con temple y seguridad. Sentado en su sofá marrón asegura que hasta que Dios se la preste, él responderá como el hombre que es, por las cosas de su hogar.

El año pasado visitó a su mamá en la Sucursal del Cielo. Viajó por tierra para darle la sorpresa a la matrona de la familia Marín, por su cumpleaños número 89. Junto a sus hermanas festejaron aquel 2 de junio del pasado año, y en Cali volvía a sentir esos aires de juventud, pues volvía a ser el maestro de una obra, el encargado de delegar, ejecutar y supervisar que cada rincón del apartamento de su hermana menor quedara impecable.

Le llevó cuatro meses, durante los cuales disfruto, río y tomó cerveza, sentado en una silla Rimax blanca en el jardín delantero de la casa de doña Carmen. Estaba fascinado con aquellos momentos, darse unas pequeñas vacaciones al lado de su familia le llenaba aquel corazón, que pasa de los 70 años.

Sin hacerse esperar la angustia llegó, a pesar de no estar alcanzado de dinero, tenía que tirar de aquí y allá, y una ayuda del gobierno requería su regreso a Bogotá; partió antes de terminar su trabajo, en el periodo de los cuatro meses, y luego volvió, a terminar lo que había empezado, a dejar su nombre y el de su trabajo bien plantado ante su familia, aunque sobraba hacerlo, pero como ya se mencionó el orgullo lo caracteriza.

Vivió más de 160 días en Cali, asegura que llegó a amañarse gracias a los mimos de su madre, pero su adorada esposa lo esperaba con ansias, no veía la hora de sentarse junto a su ´papi´ y tomarse un cafecito, sin leche, porque son intolerantes a la lactosa, y entre los dos, aguantarse los caprichos o chochadas que solo puede el amor.

El 2020 lo recibieron felices su esposa, hijas y nietos alrededor de la mesa, y con la copa medio llena de vino Cariñoso, brindó por el año, que le ha dejado un mal sabor en los labios que poco se ven por su barba blanca y grisácea. En ese momento no pensó que un “virus chino” lo fuera a dejar sentado, sin siquiera poder dirigir, ya que él pertenece al grupo de trabajadores informales que se agrupan alrededor de obras independientes de las cuales no hay información, pero que sin duda han recibido el impacto de la fuerte crisis provocada por el coronavirus, ya que su rentabilidad hace parte de la economía sumergida del país, la cual se escapa del control y la administración de las estadísticas oficiales. Esto ha sido muy difícil para este hombre que a pesar de que ya tiene sus limitaciones,  afirma tener los bríos para enchapar una casa.

Algo de trabajo tenía o iba a tener, algo que le daría más tranquilidad a la vida de don Ulpiano, pero ahora el coronavirus lo ha dejado sin ganas de caminar, junto a su bastón, viendo desde el interior de su casa cómo sopla el frío viento de la capital, mañana y noche, saludando a cada hija por llamadas intermitentes de WhatsApp y acostándose no muy tarde, para procurar no caer en la tentación del cigarrillo, que a pesar de que ya se lo han prohibido, el no cree que lo afecte, pues asegura que sus pulmones son tan firmes como un roble, “míreme, dígame usted si no”, manifiesta.

Ulpiano Marín espera volverse a colocar los ‘jeans’, sus botas, correa, aquella gorra, y salir caminando por el mismo sendero por el que vuelve antes del ocaso, y ver en la lejanía la mano de su dulce esposa, clamando por él para que el tinto no se quede sin endulzar.

 

 

 

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