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Crónica

Benigno Vélez, una vida signada por la panela

El reloj ya marcaba las 11:00 de la mañana y algunos rayos débiles del sol apenas penetraban por las ventanas, luego de que un fuerte aguacero sacudiera los hogares de El Overo, una vereda enclavada donde prácticamente arranca el norte del Valle del Cauca. .

Uno de los personajes más longevos y representativos de esta región es Benigno Vélez Pélaez, quien a fuerza de sudor y lágrimas ha ido comprando terrenos que hoy en día albergan dos lagos, varias especies de animales, parcelas donde tiene sembrada caña de azúcar y un trapiche, uno de los pocos que quedan en el departamento, con el que se tritura caña de azúcar para sacar panela de manera artesanal.

Al llegar a la casa de su finca la espera fue de varios minutos, pues nadie atendía, aunque la puerta estaba abierta. Pero esa espera dio frutos. Allí estaba, bajo su sombrero y su poncho, irradiando laa amabilidad que caracteriza al campesino colombiano.

–Don Benigno, ¿no le da miedo que lo roben al dejar la puerta de su casa abierta, mientras usted está ocupado haciendo sus labores? –

–Mijo, desde que tengo uso de razón la he dejado así y nunca me han robado en este pueblo –.

Y sonrió.

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Benigno Vélez Pélaez llegó a este mundo el 26 de diciembre de 1922. Su madre, Licenia Pélaez Labrada, veló por él 6 años, hasta que murió por darle un hermanito, pero su padre, Benigno Vélez Tamayo, no asumió la responsabilidad. Desde entonces las calles polvorientas de El Overo se convirtieron en su segundo hogar.

“Desde pequeño siempre fui bien acomedido. Me ganaba la vida arreando reses o realizando cualquier otra actividad que me ponían los capataces de las diferentes haciendas que habían en el pueblo y así sobrevivía al trajín de los días”, comentó el campesino.

Fiel a las doctrinas del Partido Conservador, Vélez vivió la época de la Violencia (1948-1958) sin muchos percances, pues los horrores de esta guerra bipartidista entre liberales y conservadores no tocaron su puerta.

“Nunca fui atropellado. La violencia entre estos dos bandos políticos pasó por aquí, pero nunca la viví en carne propia, como sí les pasó a varios familiares o amigos. Por ejemplo, en Bugalagrande y en otras veredas aledañas sí fue muy dura, porque a cada rato me tocaba ver a campesinos con la cabeza cortada a punta de machete, esposas que perdían las fincas porque ya no estaba la figura del hombre y niños que se quedaban huérfanos”, recuerda Vélez sin inmutarse.

El nonagenario panelero creció en una época de cambios a nivel económico y social, debido a que en varios municipios del Valle del Cauca los campesinos dejaron de cultivar diferentes productos alimenticios, para darle paso al monocultivo de la caña de azúcar.

Llegaron entonces los grandes ingenios azucareros y con ellos un cambio drástico en la fisionomía del departamento, puesto que los ojos de los empresarios se volcaron en una nueva lógica de progreso, donde explotar la tierra con maquinaria pesada era estar a la vanguardia en el sector empresarial.

Vélez trabajó 35 años para Riopaila. En esta compañía comprendió todo el proceso del azúcar, aún sin haber pisado una escuela. Todo se remitía al conocimiento empírico, que lo obtuvo con el paso de los días.

“Entré a trabajar a los 15 años a esta empresa. En esa época me pusieron a manejar animales herreros, porque eso fue lo que aprendí desde niño en las diferentes haciendas de El Overo”.

Pasaron los años y con ellos llegó el matrimonio y los hijos. En 1976 Vélez conoció en un partido de fútbol a Soila Rosa Ledezma. Fue un amor a primera vista, como de novela macondiana. Ella se convirtió, ese mismo año, en su primera y única esposa.

“Recuerdo que Benigno me dijo que nunca se casaría –porque siempre había sido mujeriego–, pero a los pocos días de habernos conocido me empezó a escribir cartas y yo le respondía. Mi papá nunca estuvo de acuerdo que me casara con él, porque decía que este hombre era muy mujeriego, ‘tomatrago’ y planeador”, aseveró la señora Ledezma mientras soltaba una estruendosa carcajada

“Ya llevamos 70 años de casados y hasta hoy en día no me ha pegado el primer planazo”, sostiene altiva y orgullosa.

Y sonrió.

Poco a poco fueron llegando también las preocupaciones para Benigno Vélez, ya que no veía con buenos ojos que sus 14 hijos se alimentaran con azúcar producida por los grandes ingenios azucareros, debido a la cantidad de químicos que utilizaban para obtener el producto.

Así pues, las manos de Vélez comenzaron a tejer uno de sus grandes sueños: El trapiche. Y con este en la mira y sus ahorros, el campesino fue comprando pedazos de tierra para sembrar la caña de azúcar.

En 1972 prendió el trapiche, con el que empezó a alimentar a sus hijos con panela hecha de manera artesanal y a venderles a los habitantes de El Overo y veredas aledañas.

“Yo, al saber el proceso de la panela, empecé a sembrar y a cosechar caña de azúcar y de esta manera fui posicionando el trapiche para poder sacar a mi esposa y a mis hijos adelante”.

Quien más le colaboró fue su esposa Soila Rosa Ledezma, quien recuerda los momentos álgidos que sirvieron para llevar a la práctica el sueño de Benigno Vélez.

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“A veces me levantaba a la 1:00 de la mañana para moler caña y ayudar en lo que Benigno necesitara. El trapiche es todo para mí, porque gracias a este mi esposo se convirtió en un hombre juicioso y no volvió a tomar trago. Solo velaba por su esposa, sus hijos y el trapiche”.

Los hijos fueron creciendo y la mano de obra comenzó a dar buenos frutos. La producción de panela creció y eso desembocó en reacomodar el trapiche. Cecilia Vélez, la primogénita, dice que el trapiche es su segundo hogar y que no cambiaría por nada su panela, porque es 100 % natural.

A pesar del desconcierto que le produce saber que cada día que pasa los dueños de los trapiches cierran sus establecimientos porque ya no hay cabida para los pequeños propietarios en el mercado, aun así Vélez suma todos sus esfuerzos para mantenerse a flote con su producción de panela artesanal.

Según datos de la Asociación de Cultivadores de Caña de Azúcar de Colombia, Asocaña, en el Valle del Cauca existen 225.560 hectáreas sembradas en caña para azúcar, de las cuales el 25 % corresponde a tierras propias de los ingenios y el restante 75 % a más de 2.750 cultivadores de caña. Dichos cultivadores abastecen a 13 ingenios de la región.

“Los ingenios paneleros nos jodieron a los pequeños trapicheros, porque el comercio para nosotros no sirve. Ellos tienen grandes garantías, en cambio nosotros no contamos con todos los recursos para distribuir la panela a las grandes cadenas que hay en el mercado”, indicó Vélez.

Para Maricel Saavedra, habitante de El Overo, Benigno Vélez encarna las palabras trabajo, liderazgo y perseverancia, ya que este, aparte de trabajar en el trapiche, también ha dedicado largos años de su vida a realizar diferentes obras sociales que han beneficiado a toda la comunidad de esta vereda.

Por su labor, el 13 de agosto de 2009, la Alcaldía de Bugalagrande condecoró a Vélez con la medalla al Mérito Cívico por sus incontables obras sociales que ha realizado en la vereda de El Overo, en el municipio de Bugalagrande. En su haber está la construcción de la iglesia, la ampliación de la carretera y la llegada de servicios públicos para los habitantes de esta vereda.

Pero ahora, Vélez espera que la caña de azúcar esté en su punto ideal, para luego seguir moliendo con su trapiche, como lo ha venido haciendo desde hace décadas. A escasos dos meses de arribar a sus 94 años, él sabe muy bien por quién ha luchado y lo sentencia:

“Trabajo para mis nietos y espero que ellos vengan con ideas innovadoras que ayuden a mejorar el trapiche, para que no se pierda la tradición familiar”.

 

 

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