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Crónica

Asalto a carro de valores recordó fantasma de ‘Los R-15’.

El asalto de este jueves, que dejó cuatro muertos, entre ellos, dos asaltantes y dos guardas de seguridad, recordó el fantasma de la banda de los R-15, el temido grupo de asalto que nació en los años noventa en Cali.

Le contamos la historia completa de esta banda. Este texto aparece en una recopilación de crónicas del docente y periodista Alejandro Aguirre, en el libro ‘Así se roba un banco’, editado por el sello de Unicatólica. La historia:

Se trataba de tomarse tres sucursales de bancos a pleno día, con solo doce hombres, simular el cierre de una calle larga, detener el tráfico en horas pico, mantener de rehenes a una decena de oficinistas y robarse un gran botín, sin hacer un solo disparo, en apenas cinco minutos. Una locura. Cuando uno de los asaltantes destruyó a tiros la puerta del primer banco, y luego la del segundo que estaba a metros, para entrar a la fuerza y sellar su suerte adentro, el plan se frustró. Eran las 5:25 de la tarde del martes 11 de junio de 1996, el sol iba al ocaso y los habitantes del barrio Popular de Cali se enteraban a balazos del asalto. La puerta del tercer banco –que estaba a una cuadra– se desplomó cuando un asaltante disparó tres veces e hirió al guarda que se asomaba tras el sonido de los tiros. “Todos estábamos realizando las últimas diligencias hasta que la puerta se vino encima y todo se volvió un infierno”, dijo la secretaria de la jefatura de Análisis Operativo del Banco Ganadero, uno de los tres establecimientos asaltados. Sin mediar palabra, entonces, los nueve bandidos –tres en cada banco–, encapuchados y amenazantes, entraron a empellones con sus pistolas y mostrando sus fusiles R-15, un arma temible y famosa por las matanzas colectivas. Afuera, el plan seguía, y era tenebroso: tres forajidos en moto paraban el tráfico como agentes azules simulando un operativo, pero a bala, con pistolas a dos manos, mientras una patrulla, que pasaba por el lugar con tres hombres a bordo, los enfrentaba a tiros. A esa hora, la carrera Primera –entre calles 41 y 42– de copioso tráfico por ser una vía que conduce a Palmira, era ya una playa solitaria. Era la mudez del asalto, del robo, del miedo. Entonces, sin nombre y sin cara, carcomido por los nervios, uno de los asaltantes gritó, como quien tiene todo controlado, pero sin saber qué pueda pasar:

-“¡Abajo, abajo… todos abajo, todos al piso!… Quietos”.

Son conocidos como ‘La Banda de los R-15’. Tiene el nombre de una orquesta de mariachis o de corridos narcos, como la que hay en México. La Policía los llama así: R-15, a secas. Así se autoproclaman porque usan fusiles AR-15 en sus asaltos, un arma rápida y potente que, al apretar el gatillo y disparar, queda preparada automáticamente para tirar balas de nuevo. Es intimidatoria, y ellos lo saben, por eso la usan. Su actividad delictiva se remonta a principios de los años noventa. Un agente de la Sijín dice que iniciaron labores en el barrio El Troncal, al oriente de Cali, en un lavadero de carros que hay por allí, donde tenían las reuniones para acordar los golpes. No eran maleantes cualesquiera: se vestían bien, andaban en buenos carros y, a veces, estaban con sus mujeres e hijos. Hay un mito inalterable: la banda siempre la han integrado expolicías o policías activos que infiltraban. Por eso, eran invisibles antes las autoridades. No levantaban sospecha. Fueron –dice el de la Sijín– los que iniciaron el negocio del ‘gota gota’ en Cali, que hoy perdura entre empleados informales, y cuya modalidad es prestar pequeñas sumas de dinero –entre cien mil y tres millones de pesos– con intereses que van entre el cinco y el veinte por ciento. Esa práctica, que tiene varias décadas en el mercado, jamás ha podido ser frenada por las autoridades. Y es esa modalidad la que –según investigadores– hace que los R-15 pongan a circular en cuestión de horas el dinero robado.

Los R-15 tienen veintitrés años de actividad –distribuidos en tres generaciones y desde que dieron su primer golpe en 1993– y su perfil delictivo son los asaltos a bancos, carros de valores y joyerías, que manejan altas cuantías de dinero. Atacan sin piedad, sin importar quién los intente detener. También usan fusiles Galil y AK-47. Han asaltado fondos oficiales de recompensa, una sede de oficiales retirados, casas de cambio, empresas de valores, licoreras, prenderías, casas privadas hasta sitios  de captación ilegal de dinero, como a Proyecciones DRFE el 15 de agosto de 2008. Esa vez, varios hombres se hicieron pasar por miembros de la Sijín y se robaron una caja fuerte con cien millones de pesos. Su historial delictivo de muertes y asaltos es sombrío: han matado –o han caído– más de cincuenta personas en sus asaltos, unas cien han quedado heridas; han robado una veintena de carros de valores y han asaltado cerca de cincuenta bancos en seis ciudades del país, de donde se han llevado más de veinticinco mil millones de pesos, según la Policía. Cali, Pereira, Ibagué, Barranquilla, Bogotá y ciudades intermedias como Buga, Candelaria, Miranda y Puente Aranda han sufrido sus embates. Por generación, puede ser una veintena de integrantes que arman los operativos de asalto y para cometerlos se disfrazan (como uno que pasó como carnicero, con delantal escurrido de sangre, en el último asalto a un carro de valores), cierran calles (como en el asalto simultáneo a tres bancos), infiltran bancos y la policía (como con los once agentes capturados en una redada hace dos meses), sobornan empleados y se enfrentan a fuego y sangre con las autoridades para cometer los ilícitos.

A finales de 1995 –apenas tres años después de su debut–, la Policía resumió sus actos: diez asaltos en tres ciudades –Cali, Pereira e Ibagué– con pérdidas que sumaban seiscientos quince millones de pesos. El comandante de la Policía del Tolima de entonces los describió como una “banda cuyos golpes tienen una connotación nacional y está conformada por expertos en este delito”. Los bancos que sufrieron robos en esos años fueron el de Colombia, el de Occidente, el Cafetero, el Popular, el Ganadero y el del Estado. La autoridad simplificó su accionar: actúan bajo un esquema planeado con meses, conocen las rutinas del banco, de sus empleados, de los carros de valores al momento de recoger y dejar dinero. Incluso, se hacen pasar por vendedores de dulces o repartidores de correo, y pueden llevar a sus ilícitos porras y sopletes para destruir puertas blindadas. La mayoría de estos asaltantes han respondido ante la ley por delitos como concierto para delinquir, prevaricato, cohecho, homicidio, tentativa de homicidio y hurto calificado y agravado.“Es –como dice la fuente de la Sijín– una empresa ilegalmente constituida”. Tan lucrativa que no importa si hay muertos.

-“¡´Hijueputa’ nos asaltaron!” –dijo el hombre.

Al interior del Banco Ganadero (señalado con la placa 42-55), el cajero Jorge Andrés Puerres se llevaba sus manos a la cabeza, mientras dejaba caer un manojo de billetes al suelo luego de que los asaltantes tiraron al piso la puerta tras varios balazos. “¡‘Hijueputa’ nos asaltaron!”, repetía. “Yo estaba cuadrando caja cuando vi al encapuchado que disparaba a la puerta. Luego uno de ellos se me vino encima y me golpeó con la ‘cacha’ del arma en la cabeza y cogió el dinero de la caja que había soltado”. Al lado, en el Banco de Occidente (42-45), el miedo se tejía. Los encapuchados hirieron a bala aEdwin Morales y a Frank Fuentes, empleados del banco, y los dejaron sin respiro. La gente gritaba y pedía ayuda, y lloraba acostada en el piso. Aquí, los ladrones se frotaban las manos porque cuando entraron, justo la caja fuerte estaba abierta y el dinero se veía como oro. Se zambulleron.

Y otro no menos tenebroso sucedía una cuadra arriba, en el Banco Cafetero (41-51), cuando las balas de los R-15 hirieron al ahorrador Janer Ospina, al vigilante Arley Pinzón y a la secretaria de despacho del banco, Francia Helena Alfaro, quien hacía un reemplazo a una empleada que estaba de vacaciones. Y no quería ir, diría luego. No demoraron más de cuatro minutos asaltando y huyendo. “Llegaron disparando. A mí me quitaron el revólver, me dieron dos patadas y me tiraron al suelo. Aquí hicieron un taquillazo pues se llevaron solo lo de las cajillas”, dijo el vigilante Pinzón, que estaba solo como custodio cuando siempre había dos. Se sabría luego que se llevaron manojos de billetes de la caja fuerte. Pinzón cayó herido de rodillas tras fulminarlo una bala en una de sus piernas. “Ellos llevaban fusiles. Uno de ellos tenía cananas cruzadas en el pecho con munición como para darse tiros con otro un buen rato”, relató un testigo que transitaba por el sector y se lanzó al piso para evitar heridas. Disparando al aire huyeron en una camioneta doble cabina que abandonaron siete cuadras adelante, en el corazón del barrio La Isla, a orillas del río Cali, al norte. Dos días después no existían rastros de nadie, de nada. El monto del robo era un misterio. La locura salía:tomarse tres sucursales de bancos a pleno día bajo una lluvia de disparos. Y llevarse el dinero.

La primera generación de estos asaltantes debutó a finales de 1993 cuando nueve hombres con fusiles R-15 asaltaron una sucursal del Banco de Colombia en Cali y se llevaron veintitrés millones de pesos. Casi un año después, el 10 de octubre de 1994, arremetieron contra el mismo banco, pero esta vez en una filial de Pereira. El acto fue demencial: un carro de valores que se disponía a sacar el dinero de esa oficina, nueve hombres adentro de la entidad intimidaban a los oficinistas, mientras cuatro más afuera paraban el tráfico y reventaron a punta de balazos las llantas del automotor. El asalto dejó cinco muertos. En 1995, entre julio y noviembre, la policía les puso los ojos encima. En esos cinco meses, robaron la joyería del Hotel Intercontinental de Cali y asaltaron tres bancos, uno de ellos frente a un CAI cuyos policías vieron el accionar mudos, y de los cuales se llevaron más de quinientos millones de pesos. Tras eso las autoridades desplegaron operativos en los que se encontraron granadas en moteles y planos de cómo asaltar bancos. Se conoció uno que mostraba cómo se haría el asalto a la Caja Agraria de Miranda (Cauca), en una mañana de julio de 1996, que dejó dos agentes y un civil muertos, y el dinero, intacto.

Pero lo que colmó a las autoridades fue el día en que once hombres irrumpieron en la Joyería Eduardo Gómez de Unicentro cuando el establecimiento cerraba sus puertas. Los asaltantes ingresaron al centro comercial y se enfrentaron a tiros con dos vigilantes, al menos; uno de ellos caería muerto. Corría la noche del 9 de enero de 1997. El hecho dejó, además, cinco personas heridas, dos de ellas menores de catorce años. Jamás se supo qué se robaron ni a cuánto ascendía el monto. Sorprendió que los asaltantes interrumpieran las frecuencias de los radios de la Policía y así retardaron el apoyo que necesitaba la seguridad privada a esa hora. Esto motivó no solo que se investigara con más cuidado dentro de la institución policial, sino la creación, por primera vez, de un grupo especial que investigara tanto ese asalto, como los que se habían hecho hasta la fecha. El gobernador del Valle de la época, Germán Villegas, y después de un consejo de seguridad extraordinario, se vio en la obligación de incluir en la agenda diaria esta secuencia delictiva que acorralaba a la ciudad. A fines de ese mes, la Alcaldía de Cali se unió a la iniciativa y creó un fondo para pagar recompensas por información que condujera a capturar a los R-15. Julio César Martínez, secretario de Gobierno de entonces, destinó doscientos millones de pesos para seguridad; treinta de ellos, exclusivos para perseguir a los ladrones de bancos.

La segunda generación de estos asaltantes bajó su perfil. Se abrieron a otras regiones, midieron la posibilidad de cometer otros delitos y purgaron la organización. Eso significó que los planes fueran más exactos y contundentes. Que se fueran unos y llegaran otros miembros. Tal vez el asalto que más se recuerde es el frustrado del 27 de junio de 2004 cuando intentaron robar la empresa de Valores Atlas, a través de un túnel, en pleno centro de Cali, en un día impensado: un lunes festivo. Gracias a la oportuna suspicacia de un celador, que se percató de que la alarma antisísmica venía disparándose a pesar de que no se registraban temblores, se evitó el robo. Allí, el hombre de seguridad vio tres orificios en la alarma que le causaron sospecha, y llamó a su superior. Se armó un operativo en minutos y se descubrió un túnel de doscientos metros que salía de una casa y llegaba a la bóveda de la compañía que guardaba más de veinte mil millones de pesos. Solo les faltaban ochenta metros para dar el golpe y llevarse el dinero. Así cerró esta generación para darle pasó a la de hoy.

Se demora siete segundos, no más. Nada se cocina en eso. Disparar treinta balas con una AR-15 demora siete segundos. Una friolera[S1] . Su tiro es seco, como cuando se cae algo metálico al piso, sin que rebote. La bala, dependiendo del calibre, alcanza cuatrocientos a seiscientos metros. Es amor a primera vista para quienes jamás han disparado un arma, un juguete fino y peligroso para los troperos. Tiene un metro de largo y pesa menos de tres kilogramos con el cargador vacío; y las versiones con cañón pesado, de uso civil, –las más populares–hasta 4.3 kilogramos. Es tan letal que la mayoría de los chalecos antibalas que usan las autoridades colombianas no protegen de forma total contra sus proyectiles. En la página web de Colt –su fabricante– la venden como “[un arma] de fiabilidad, rendimiento y precisión que proporciona a nuestras Fuerzas Armadas [de Estados Unidos] la confianza para llevar a cabo cualquier misión” y se ofrece por novecientos noventa y nueve dólares, mientras en Ebay se puede conseguir todo tipo de accesorios para esta arma, que van desde culatas, linternas, cañones, láseres, bípodes y miras ajustables en elevación, que hacen a este rifle muy atractivo para miles de civiles. Todavía están en la memoria las veintiséis víctimas de la Escuela Primaria de Sandy Hook, en Connecticut, Estados Unidos, asesinadas en la mañana del 14 de diciembre de 2012 por el joven Adam Lanza, quien disparó su rifle R-15 contra niños de seis y siete años y su propia madre en la masacre más violenta de la historia de ese país. Es un arma de asalto. No hay mejor arma que una Bushmaster AR-15 –como realmente se llama el fusil– para sentenciar un asalto rápido y exitoso, tal vez por su calibre ligero, preciso y su alta velocidad. Se volvió un clásico. Y esta banda, los R-15, podría tener una veintena, uno para cada uno de sus miembros, y arrasar en cualquier asalto.

Tras dos décadas de asaltos, operativos y capturas, circuló una consigna al interior de los R-15: nadie podía detenerlos. Eso significó que a hombres de la Sijín, la Dijín y la Policía les pusieran una lápida al acecho. El primer asesinato selectivo atribuido a la banda fue el del jefe de Contra Atracos de la Sijín, el teniente Francisco Javier Parra Argüello, de veintisiete años, quien recibió dos impactos de fusil R-15 en el tórax cuando transitaba por la autopista Simón Bolívar, cerca de la sede de la Policía Judicial, la tarde del 30 de septiembre de 2008. El teniente desarrollaba varias investigaciones sobre los atracos a entidades bancarias registradas ese año en Cali y Barranquilla, y gestionó órdenes de captura contra algunos integrantes de la banda lo que motivó represalias. Según indagaciones de la Policía, el asesinato del condecorado oficial con cinco medallas y más de cuarenta felicitaciones se debió a que hacía investigaciones sobre trece asaltos a bancos y uno a un carro de valores y seguía la pista a tres hombres con antecedentes penales, que días antes fueron acribillados al interior de un carro. Uno de los muertos, Juan Carlos Gallego Mora, hacía parte de los R-15.

Sin embargo, el hecho más grave fue al año siguiente, en la mañana del 11 de agosto de 2009, cuando el fiscal Jairo Martínez Solarte fue baleado, por un sicario, saliendo de su casa en el barrio Prados del Limonar, al norte de Cali. El funcionario, de cuarenta y nueve años y veinticuatro al servicio de la rama judicial, era un curtido investigador de bajo perfil cuya ocupación principal eran su trabajo y su hogar. Se comprometió aún más cuando inició las pesquisas para hallar a los responsables de los ocho atracos que realizó la banda R-15 y en los que estarían implicados algunos uniformados. Por ese viraje, al parecer, y según hipótesis, al fiscal pudieron haberlo asesinado milicianos al servicio de la banda. Los ataques a la autoridad –auxiliares, policías, agentes encubiertos– han dejado un saldo de cuarenta y cinco uniformados sin vida y varias decenas de personas de apoyo –guardas de seguridad privada, líderes comunales– víctimas inocentes que solo cumplían con su deber. Y miles de heridos por estar en el lugar y en la hora equivocada.

Fue asaltante. Era de los que creían que el mundo era suyo porque robaba y se sentía millonario. Ahora va a misa todos los domingos temprano a una iglesia cristiana del barrio Floralia, al oriente de Cali, y pide por los suyos. Los sueños –dice– son los mismos que cuando delinquía. “Eso no cambia”, asegura. Llamémoslo ‘XY’. Debe rondar los cuarenta y cinco años. No tiene muchas ganas de hablar. Pero dice –con exactitud– que participó en diez asaltos, entre los años 2001 y 2008, una época sangrienta. Lo dice con precisión porque luego cayó en un operativo, aguantó en prisión, salió rápido y se retiró. Ya no quería usar máscaras. Es obrero de la construcción ahora. No le interesa que el pasado y el presente tengan algo que ver. Antes: dinero, billetes, sueños de playa. Hoy: trabajo, escasez, tranquilidad. Ya no importa. “De eso queda una motocicleta”, cuenta. Deben de quedar más cosas.

“Le voy a ser sincero: yo nunca vi, por ejemplo, a ese tal ‘Viejo’ (Winston Vargas) o a ‘la Belluda’ (William Gallego, ambos líderes y fundadores de Los R-15). A mí me contactaban y ese contacto yo sabía que no iba a estar en la operación. Solo me daban una dirección, alguna instrucción sobre la zona para llevar el dinero cuando el golpe fuera efectivo (que todo hubiera salido bien). Era imposible saber quién delinquía con uno: todo el mundo usaba pasamontañas. Éramos invisibles. Era algo raro: sabíamos cómo operar, cómo robar, pero nadie se conocía con nadie. Usábamos el sistema Avantel porque –nos decían– era comunicación encriptada y era difícil de rastrear”. Frena y se silencia. Dice que cayó en un operativo tonto porque se metió en su motocicleta en una calle ciega en el barrio Champagnat, luego de un atraco. No habla del dinero que ganó. De esos fajos de billetes. Dice –además– que no tiene un solo peso del dinero robado “porque en la cárcel me lo quitaron”. Le volvió el desinterés. Hace una venia frente a la iglesia. ¿Qué se necesita para robar un banco? Hay silencio. Responde: “estar drogado, ser intrépido y tener mucha audacia. ¡Ah! Y saber qué vas hacer luego con el dinero. Sí, en serio, porque yo lo robo porque lo necesito. ¿O no? Pero yo no supe qué hacer”. Se ríe.

La primera captura importante de un R-15 fue en la tarde del 21 de noviembre de 1998 cuando la Policía del Atlántico capturó a Emilio Acendra de Ávila –segundo en importancia– en el Hospital Universitario de Barranquilla, adonde llegó herido, con cinco impactos de bala, al tratar de robar un banco una semana antes. Supuestamente, De Ávila recibía atención médica luego de ser atracado. Tenía un prontuario aterrador: dos órdenes de captura por atraco a mano armada a una joyería y a tres bancos en un mismo año, con un botín que sumaba casi ciento cincuenta millones de pesos.

Cinco meses después, el Cuerpo Técnico de Investigaciones de la Fiscalía capturó a Víctor Alfonso Arboleda Uribe, Agustín Ramón del Valle Angulo, Franklin de la Cruz Duque y César Enrique Pérez Sarak, integrantes de la banda y sindicados de ser los autores del asalto a las oficinas del Banco Ganadero de la calle 58 con carrera 46 en Barranquilla, de donde hurtaron más de doscientos millones de pesos y mataron a un policía. Pasaron tres años para que cayera uno de los fundadores de la banda, Harold Armando Camacho, cuando intentaba dar un golpe a la casa de cambios Moneygram en Cali. Luego Camacho se haría célebre en la tarde del 11 de diciembre de 2000, cuando a la altura de la calle 9 con carrera 3 –zona custodiada por la Estación de Junín–, los R-15 interceptaron el carro de valores de la empresa Atlas y se apoderaron de $3 800 millones en efectivo, uno de los botines más cuantiosos en su historial. Este asalto vinculó a una decena de personas como coautores. A finales de enero de 2003, arrestaron a Wilmer Hernández Díaz, cuando intentaba asaltar un carro de valores en Bogotá. Para finales de ese año, estaban tras las rejas Mauricio Marín Cruz –socio de Camacho– así como Willington Malatesta y Luis Ramiro Ojeda, el ‘Comandante Jaime’.

La primera purga interna de los R-15 fue al expolicía Winston Vargas Camacho, ‘el Viejo’, acribillado una tarde de febrero de 2004, en un estanco de la autopista Sur, era natural de Buenaventura. La Fiscalía le había expedido tres órdenes de captura por asaltos a bancos y carros de valores. Entre el 2004 y el 2010, unas veinticinco personas fueron capturadas y vinculadas a decenas de procesos por participar en más de veinte asaltos. El más importante fue William Gallego, ‘la Belluda’, sindicado de ocho cinematográficos atracos, en los que se robaron más de $4 600 millones y de ser partícipe del asesinato del teniente Francisco Javier Parra, jefe del grupo de Contra Atracos de la Sijín de Cali. Gallego fue capturado cuando salía de su casa en el barrio El Caney, luego de permanecer meses escondido en una caleta. Sin embargo, entre el 2011 y el 2013 muchos R-15 recuperaron su libertad. Se habla de nombres como ‘Pavarotti’, ‘Charles’, ‘Guizao’, ‘el Negro’, ‘Niño’, un expolicía; ‘Julián’ y Leonardo Gordillo Puerto, ‘Leo’, que –según investigadores– delinquían con ‘el señor y la señora Smith’, los últimos R-15 activos.

El último R-15 capturado fue John Mario Hortúa, ‘Pinocho’, de treinta y nueve años, conocido lugarteniente de ‘Chupeta’. Fue contactado por ‘el señor Smith’ para el que sería el último asalto antes de su captura, el robo a un carro de valores en  Santa Elena, pero no aceptó, según comunicaciones interceptadas por la Policía. Estaba vinculado al ‘Clan Úsuga’ y perteneció a la segunda generación de la banda. A otro que vinculan con los R-15 es Juan Carlos Vacca, ‘Dimax’, capturado en septiembre pasado cuyo prontuario incluye ser parte de ‘oficinas de cobro’ y participar en asaltos a apartamentos y carros de valores.

En el comando de la Policía Metropolitana de Cali y el Valle no hablan mucho de los operativos. Por eso, hablar aquí de los R-15 no es un tema relevante. Pocos dan razón alguna. No hay fotografías de sus asaltos, ni de los implicados en los casos. Es fácil entenderlo: han vinculado a decenas de policías con los R-15 en más de dos décadas. El brigadier general Nelson Ramírez, comandante de la Policía Metropolitana de Cali, quien llegó el pasado diciembre a la jefatura, asegura que ya no existen estos asaltantes. “Era una banda que se dedicaba a hurtos en grandes cuantías en bancos, residencias y otros lugares, pero fue desmantelada por parte de la Policía”. Eso, la verdad, no es del todo claro. “Que se hagan llamar ‘los Intocables’ o con otro nombre no los aleja de la realidad: son R-15. El ‘modus operandi’ es igual a los primeros ladrones de hace veinte años”, dice una fuente de la Dijín. Hace un par de años, el comandante de entonces, Hoovar Pinilla, quien decía que trabajaba veinte horas y que hasta el pasado diciembre estuvo en la institución, nunca opinó mucho porque no sabía si delinquían o habían desaparecido.

Ramírez agrega que las investigaciones siguen y que ya se les dictó medida de aseguramiento intramural –ya no son de la institución y tienen una privación temporal de la libertad– a los policías capturados y continuarán en todo el proceso penal que eso conlleva. “No estoy hablando de una estación en particular –se le indagó sobre la Estación de Junín–. La Policía está desarrollando una política de transparencia (‘Plan Transparencia’) y venimos adelantando investigaciones, malas conductas y estructuras criminales; desafortunadamente hay uniformados vinculados”, dice el Brigadier, refiriéndose a lo ocurrido en el caso Sucre, en el que once uniformados fueron detenidos el pasado marzo, y la mayoría era de la Estación de Junín.

El último atraco de esta banda ocurrió a principio del año pasado –el 4 de febrero–, ‘el señor Smith’ –como el protagonista de la película de Brad Pitt y Angelina Jolie– comandó el asalto a un carro de valores. ‘El señor Smith’, o como realmente se llama, Wilmar Cardona, abrió el último capítulo de la tercera generación de los R-15, banda que para muchos parecía extinguida. Junto con él delinquía su compañera María Judith Olivar, ‘la señora Smith’ y, según las autoridades, fueron, hasta su captura el año pasado, la pareja de asaltantes más escurridiza. El asalto de la pareja ‘Smith’ fue al mediodía de ese miércoles en el Supermercado Mercar. Dos motos y un carro irrumpieron en la carrera 19 con calle 23 y abrieron fuego contra los guardas de seguridad de la empresa G4S Cash Solutions, que en ese momento salían del autoservicio con las tulas del dinero recogido. Los delincuentes llegaron disparando y le propinaron dos tiros en la cabeza a un guarda, quien murió mientras era trasladado a un hospital. Los heridos se contaban con las manos. Pero había algo más: la banda tenía tres infiltrados al frente del operativo. Uno se hizo pasar por carnicero y, otro, por vendedor de minutos que les informaba antes del ataque. El saldo: un botín de doscientos diez millones de pesos robados en el corazón de la galería de Santa Elena, la plaza de mercado más populosa de Cali.

La pareja ha estado presa en dos ocasiones y, según la Policía, los dos recuperaron la libertad a finales del 2011. La primera condena que recibieron fue tras lo ocurrido el 5 de diciembre de 2005 cuando atravesaron un bus urbano en la vía para detener un carro de valores de la empresa Greg y Sons que transitaba por la calle 7 con carrera 23, en el corazón de Cali. Los atracadores descendieron del bus disparando, lanzando explosivos incendiarios al capó del carro del dinero, y apoyados por asaltantes que llegaron en moto a obligar a los conductores a descender. Una fuente de la policía dice que ‘la señora Smith’ disparaba un fusil R-15 a la llegada de los policías. La escena era aterradora; mientras los asaltantes huían con cuatro tulas que contenían mil doscientos millones de pesos, y los testigos enmudecían. Al final de ese día, la policía blindó la ciudad y, en un operativo sin precedentes que incluyó al Ejército, dieron con capturaron a cuatro de los asaltantes, entre ellos, a la pareja ‘Smith’, que tenía en su poder una sola tula y varias armas de fuego. ‘El señor Smith’, diez meses antes, había sido apresado por el asalto a otro banco y gozaba de libertad luego de que un juez le ordenara una detención domiciliaria. El pasado 8 de mayo de 2015, Cardona volvió a caer en el centro de Cali. Esta vez, según una fuente de la Sijín, se debió a que alias ‘Piri’ –miembro de la banda y testigo protegido– dio su testimonio para la captura. Luego caerían otros: José Salazar, Leonardo Gordillo, ‘Leo’, y Harold Villota, ‘el Calvo’.

Los R-15 están de regreso, con otra gente, pero con el mismo modo de operar. El pasado martes 8 de marzo, dos policías fueron capturados en la Estación de Aguablanca, zona neurálgica de Cali, por su vinculación en millonarios robos que habrían sido cometidos por esta banda hace dos y tres años en Cali. Los robos –según fuentes de la Fiscalía– fueron cometidos en apartamentos de donde se llevaron cerca de ´mil cuatrocientos millones de pesos. “Ellos llegaban de primeros a las escenas de los hurtos porque eran avisados por los delincuentes después de cometido los robos. Esto llevaba a que ellos se robaran las evidencias”, relató la fuente de la Fiscalía que filtró los nombres de los implicados: el patrullero Óscar Hernán Pinilla Cruz y el subintendente Diego Mauricio Palacios Quintero, quienes fueron detenidos. Estos cómplices aprovechaban que hacían parte del equipo Contra Atracos de la Sijín para prestar toda la colaboración para que esta organización pudiera cometer los robos. Uno de los casos más sonados fue el robo de mil doscientos millones de pesos de un apartamento el 26 de junio de 2012, en el barrio La Flora, al norte de Cali, que salpicó al senador Roy Barreras –el inmueble está a su nombre. La Fiscalía indicó que un líder capturado de los R-15 los acusó de integrar la banda y cometer este último robo.

Tres días después, en un operativo televisado, el grupo Jungla de la Policía Nacional, con doscientos hombres, armados como si persiguieran terroristas, derribaron puertas y búnkeres de varias casas del barrio Sucre, tal vez la zona más deprimida del centro de Cali, y capturaron a veintiséis personas, entre ellos, once uniformados. Muchos de los capturados se dedicaban a la distribución de alucinógenos, tráfico de armas, sicariato y a extorsionar a los traficantes de drogas. Estos policías pertenecían a la Estación de Junín, el comando más controvertido de la Policía de Cali. Es que esta Estación, una vieja casa de un piso, con el tejado mohoso y escondida en el barrio Junín, siempre ha sido el fortín de los R-15 en la infiltración de policías. Un uniformado, entre risas, asegura: “de Junín, o salís capturado o te trasladan”. La zona operativa de este comando cubre una decena de barrios, entre marginales y populosos, lo que facilita que policías se acojan a las órdenes de los bandidos, por dinero. Solo entre los años 1998 y 2006, se registraron doce asaltos a bancos y carros de valores en la zona de injerencia de la Estación. Hasta ahora ni ‘el señor Smith’, ni ‘la señora Smith’, ni el patrullero Pinilla, ni el subintendente Palacios, han contado detalles de los robos. Nadie lo ha hecho. En las películas tampoco. Hay muchos trucos, muchos secretos y mucha magia. Hay, también, mucha audacia, ambición y sueños. Todos saben que el plan perfecto no existe, que esas frases cortas que aprendieron en las películas –‘manos arriba’, ‘todos abajo’– son imperfectas y que todo esto fue una locura. Siempre ocurre lo mismo: es más fácil robar un banco que guardar un secreto.

 

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